"Pensar en el sentido de la vida es orar. Creer en un Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo no basta. Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene un sentido". Ludwig Wittgenstein
INTRODUCCIÓN El creyente común habla demasiado acerca de su Dios, pero quienes son tocados por la deidad –los místicos– se percatan de que no es posible hacer tal cosa. Ellos aseguran que nuestro lenguaje es insuficiente para exponer o explicar sus experiencias. Los místicos chocan con los límites del lenguaje. Ludwig Wittgenstein se interesa en los límites. En su “Tractatus Logico-Philosophicus” distingue entre los decible y lo indecible, o mejor, entre lo que se puede decir y lo que se puede mostrar; entre el mundo y lo que queda fuera de él; entre el sentido y el sinsentido. En palabras de Wittgenstein, “el libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar sino a la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de este límite (tendríamos en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable). Así pues, el límite sólo podrá ser trazado en el lenguaje, y lo que reside más allá del límite será simplemente absurdo”. Wittgenstein manifestaba que ciertas experiencias le hicieron chocar con los límites del lenguaje. ¿Existe alguna conexión entre las aseveraciones de los místicos y las aseveraciones de Wittgenstein? En este trabajo se mostrarán dos afirmaciones: 1. Que Wittgenstein era un místico, y que su misticismo está presente en su filosofía (al menos en la filosofía que aparece en el “Tractatus”); y 2. que Wittgenstein, a partir de esta manifestación, buscaría vivir como un santo. ¿A qué me refiero cuando digo que Wittgenstein era un místico? A que se comunicaba con Dios (con su Dios). Pero no se trataba de un monólogo, pues el filósofo-místico logró un verdadero diálogo: Wittgenstein le hablaba a Dios, y éste le respondía. Dios le comunicó a Wittgenstein cuál era el sentido de la vida, o mejor dicho, Wittgenstein encontró el sentido de su vida en su comunicación con Dios... Esto lleva a la otra afirmación que se mostrará. DE LAS DIFERENTES MANERAS DE COMUNICARSE CON LA DEIDAD El campo de William James era la psicología, no la teología ni la antropología. “Y para un psicólogo las tendencias religiosas del hombre deben ser como mínimo tan interesantes como cualquiera de los distintos hechos que forman parte de su estructura mental”. James estaba interesado en lo que llamaba religión personal, y es que James distingue entre quienes se comunican con la deidad y quienes solamente siguen una religión. La religión como una doctrina que se sigue poco importaba al psicólogo, a quien le interesaba estudiar la religión entendida como “los sentimientos, los actos y las experiencias de hombres particulares en soledad, en la medida en que se ejercitan en mantener una relación con lo que consideran la divinidad (la relación puede ser moral, física o ritual)”. La religión personal, piensa el psicólogo, es experiencia susceptible de estudio científico, pero no de teología. Una de las posibles relaciones con la deidad es la llamada revelación, sobre la que escribe “los líderes religiosos estuvieron sujetos a experiencias psíquicas anormales. Invariablemente fueron presa de una sensibilidad emocional exaltada; frecuentemente también tuvieron una vida interior desacorde y sufrieron de melancolía durante parte de su ministerio. Con frecuencia entraron en éxtasis, oyeron voces, tuvieron visiones o presentaron todo tipo de peculiaridades clasificadas ordinariamente como patológicas. Más aún, fueron todas estas características patológicas de su vida las que contribuyeron a atribuirles autoridad e influencia religiosa”. Ver o escuchar a los dioses es, para la mayor parte de los colegas de James, una experiencia psicopatológica intrascendente. Sobre estas actitudes apuntó que “el materialismo médico parece, en realidad, el apelativo adecuado para el sistema de pensamiento demasiado ingenuo que ahora consideramos. El materialismo médico acaba con San Pablo cuando define su visión en el camino de Damasco, como una lesión del córtex occipital, y a él como un epiléptico; con Santa Teresa como una histérica y San Francisco de Asís como un degenerado congénito... Por ello, el materialismo médico piensa que la autoridad espiritual de estos personajes resulta eficazmente socavada...”. Para James poco importa la constitución neurótica de quienes tienen estas experiencias, el valor de los mensajes es lo importante: “razonabilidad filosófica y ayuda moral son los únicos criterios válidos”. Explica su punto de vista recurriendo a los genios, quienes han sufrido neuropatologías –consideran algunos psicólogos– y no por ello despreciamos su obra. Las “verdades” o las creencias no son válidas o despreciables debido a su origen sino en cuanto a su funcionamiento general. Hemos de estar preparados –remata James– para juzgar la vida religiosa exclusivamente por sus resultados. Y para ser más convincente, o para dejar más clara su opinión, cita al doctor H. M. Maudsley: “¿Qué derecho tenemos para suponer que la naturaleza tiene la obligación de hacer su trabajo a través de mentes perfectas? Podemos suponer que una mente defectuosa es un instrumento más adecuado para un propósito particular, ya que es el trabajo hecho y la calidad del trabajador que lo hace lo que tiene importancia, y no tendría ninguna, desde el punto de vista cósmico, que fuera particularmente imperfecta en otros aspectos de su carácter, aunque fuese, por ejemplo, hipócrita, adúltero, excéntrico o lunático”. Una vez que deja claro que no rechaza los mensajes místicos por su origen, se pregunta cuál es ese origen, es decir, cuál es la génesis del “sentimiento religioso”. Dice James: “Alguien lo relaciona con el sentimiento de dependencia, otros lo convierten en derivado del miedo, otros lo enlazan con la vida sexual, otros lo identifican con el sentimiento de infinitud, y así sucesivamente”. Para James, la religión personal “tiene la raíz y el centro en los estados de conciencia místicos”. Pero, ¿qué es un estado místico? Para James son cuatro las características que tiene un “estado místico”: 1. Inefabilidad. Se refiere a lo difícil o imposible de hablar de ella. “El sujeto del mismo afirma inmediatamente que desafía la expresión, que no puede darse en palabras ninguna información adecuada que explique su contenido. De esto se sigue que su cualidad ha de experimentarse directamente, que no puede comunicarse ni transferirse a los demás... El místico considera que la mayoría de nosotros damos un tratamiento asimismo incorrecto a sus experiencias”. 2. Cualidad de conocimiento. “Son estados de penetración en la verdad insondables para el intelecto discursivo. Son iluminaciones, revelaciones repletas de sentido e importancia, todas inarticuladas pero que permanecen y como norma general comportan una curiosa sensación de autoridad duradera”. 3. Transitoriedad. “No pueden mantenerse durante mucho tiempo”. James habla de unos minutos, no más de 120. 4. Pasividad. James dice que puede llegarse a esos estados mediante ejercicios de concentración, pero una vez alcanzado cierto punto, la voluntad del místico se somete “como si un poder superior lo arrastrase y dominase”. Después de enumerar estas características, habla sobre las diferentes sustancias que pueden producir estados similares (como el alcohol y el óxido nitroso). Acerca del alcohol menciona que su influencia “sobre la humanidad se debe, sin duda, a su poder de estimular las facultades místicas de la naturaleza humana, normalmente aplastada por los fríos hechos y la crítica seca de las horas sobrias. La sobriedad disminuye, discrimina y dice no; la borrachera expansiona, integra y dice sí. Es de hecho la gran estimuladora de la función del SÍ en el hombre”. James no era sólo un teórico. También experimentó estados místicos gracias al uso de sustancias. Sobre ello apuntó: “Siento que ha de significar algo, algo parecido a la filosofía hegeliana, si pudiera expresarse con claridad. Quienes tengan oídos para escuchar que escuchen...”. James supone que la concepción que de Dios tenía Hegel se debía también a “humores místicos”. ¿Qué sucede durante un estado místico (ya sea espontáneo o provocado gracias a la meditación o a alguna sustancia)? La respuesta de William James es que “nuestra conciencia despierta, normal, la que llamamos racional, sólo es un tipo particular de conciencia, mientras que por encima de ella, separada por una pantalla transparente, existen formas potenciales de conciencia completamente diferentes. Podemos pasar por la vida sin sospechar de su existencia, pero si aplicamos el estímulo requerido, con un simple toque, aparecen en toda su plenitud tipos de mentalidad determinados que probablemente tienen en algún lugar su campo de aplicación y de adaptación. Ninguna explicación del universo en su totalidad puede ser definitiva si descuida otras formas de conciencia”. Pero ¿es verdad esto? ¿Es verdad que una experiencia mística expande la conciencia? ¿Que podemos activar otras formas de conciencia mediante el uso de ciertas sustancias? Contestar estas preguntas o especular sobre esto no es el objetivo de este trabajo. Los mismos místicos tratan de diferenciar su experiencia de un estado alucinatorio. Santa Teresa escribe que “una genuina visión celestial produce un conjunto de inefable riqueza espiritual y una renovación admirable de la fuerza corporal. He alegado estas razones a aquellos que frecuentemente han acusado mis visiones de ser el trabajo del enemigo del hombre y la diversión de mi imaginación...”. Para James estas experiencias provienen de Dios. Pero hacernos preguntas acerca de Él no tiene importancia, “es irrelevante”. “No es a Dios a quien encontramos en el análisis último del fin de la religión, sino la vida, mayor cantidad de vida, una vida más larga, más rica, más satisfactoria. El amor a la vida, en cualquiera y en cada uno de sus niveles de desarrollo, es el impulso religioso”. James propone que hay “otros mundos” y que podemos percibirlos mediante “la continuación subconsciente de nuestra vida consciente”. Sobre el dios de los místicos dice: “El objeto del culto trascendentalista no es una deidad in concreto, ni siquiera una persona sobrehumana, sino la divinidad inmanente de las cosas, la estructura esencialmente espiritual del universo”. Más adelante afirma: “debemos interpretar el término divinidad en muy amplio sentido, denotando cualquier objeto que posea cualidades divinas, se trate de una deidad concreta o no (…) La divinidad, para nosotros, significará aquella realidad primaria a la que el individuo se siente impulsado a responder solemne y gravemente, y no con un juramento o una broma”. Wittgenstein se sentía atraído por este tipo de experiencias. Sobre “La variedad de las experiencias religiosas” le escribió a Bertrand Russell (22 de junio de 1912): “Este libro de James está haciéndome mucho bien, con lo cual no quiero decir que pronto vaya yo a convertirme en un santo, sino que en cierto modo estoy seguro de que va a llevarme un poco más adelante en el camino del perfeccionamiento, un camino en el que aún me gustaría avanzar mucho más”. ¿A qué se refería con aquello de avanzar mucho más en este camino? ¿Por qué comentaba que estaba haciéndole mucho bien? “Los que firman con una cruz” es una obra de teatro a la que asistió Wittgenstein a los 21 años. El escritor Ludwig Anzengruber deseaba educar a las masas mediante sus obras, y muchas de ellas criticaban a la Iglesia. El protagonista de “Los que firman con una cruz” es un personaje llamado “Juan el picapedrero”, un filósofo, un hereje. Éste es abandonado por sus vecinos durante una enfermedad y entonces recibe una revelación: “Tú formas parte del todo, y el todo forma parte de ti. ¡No puede ocurrirte nada!”. Wittgenstein participó de esta revelación, y sería incorrecto pensar que se trató de una experiencia poco importante: “Ella me empujó a chocar con los límites del lenguaje, de igual modo que ha llevado a chocar con ellos, según creo, a todas aquellas personas que alguna vez han intentado hablar o escribir sobre ética o religión. Este chocar con los límites de nuestra jaula es una empresa que no tiene ningún porvenir”. Se trata de una experiencia mística. James había explicado que en este tipo de experiencias “el sujeto del mismo afirma inmediatamente que desafía la expresión, que no puede darse en palabras ninguna información adecuada que explique su contenido. De esto se sigue que su cualidad ha de experimentarse directamente, que no puede comunicarse ni transferirse a los demás”, y es esto precisamente lo que dice Wittgenstein de su vivencia. Sobre la trascendencia de esta revelación, Wilhelm Baum, en su introducción a los “Diarios Secretos” escribe: “El joven estudiante superó gracias a esta vivencia la crisis que lo había llevado al borde del suicidio. Lo hizo madurar y adoptar una actitud tal, que los millones de su padre le resultaban indiferentes. A partir de ese momento apenas le interesarían las cosas del mundo; había nacido el filósofo”. Incluso Bertrand Russell se percató del misticismo en Wittgenstein: “En la época anterior a 1914 se ocupaba casi exclusivamente de la lógica. Durante la Primera Guerra, o quizá inmediatamente antes, cambió su perspectiva y se convirtió más o menos en un místico como puede apreciarse aquí y allí en el ‘Tractatus...’. Ya había notado yo en su libro cierto asomo de misticismo, pero me quedé asombrado al comprobar que se había convertido por completo en un místico”. SANTIDAD “Pues hay eunucos que lo son de nacimiento, otros que lo son por obra de los hombres y otros que se han hecho eunucos a sí mismos por el reino de los cielos; quien pueda llegar tan lejos que lo haga”. Mateo 19:12 “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que el rico entrar en el reino de Dios”. Marcos 10:25 Es difícil definir lo que es la santidad. Un santo cristiano es imaginado como alguien que hace votos de pobreza, de castidad y que se retira del mundo a reflexionar acerca del mundo de Dios. Ciertos grupos dentro de la Iglesia opinan que el celibato debería ser opcional, señalan que Jesucristo no lo implantó y que los versículos que comúnmente se citan para defender ese estilo de vida están mal traducidos y sacados de contexto. La definición de santidad no es importante. Lo importante es saber cómo la entendía Wittgenstein. Él trató de ser un santo al estilo cristiano e incluso llegó a pensar en hacerse monje, además solía retirarse a una cabaña de su propiedad. Por sus experiencias místicas y su acercamiento a los evangelios en un momento crucial en su vida (su participación en la Primera Guerra Mundial), Wittgenstein entendió que la santidad consistía en renunciar a los lujos y a la carne, pues “Dios es lo único que necesita el hombre”; y vivir en concordancia con la voluntad ajena de la que creía depender, es decir, vivir una vida “grata a Dios”. Así pues, Wittgenstein decidió hacer votos de castidad y de pobreza. VOTOS DE POBREZA En “Mi confesión”, León Tolstoi menciona el ataque de melancolía que le condujo a sus conclusiones religiosas. Sobre esto, William James dice: “Se trata de un caso claro de anhedonía, de pérdida pasiva de la apetencia por cualquiera de los valores de la vida... En el caso de Tolstoi, la sensación de que la vida poseía algún significado desapareció por completo durante largo tiempo. Tolstoi explica que cuando contaba unos 50 años comenzó a padecer momentos de perplejidad, a los que llamó de suspensión, en los que se sentía como si no supiese ‘cómo vivir’ o ‘qué hacer’... La vida, antes fascinante, era ahora sobria, y más que sobria muerta; aquello que siempre había mostrado un significado evidente, no tenía ahora ninguno y comenzaron a asediarle las preguntas: ¿por qué?, ¿y ahora qué?”. Tolstoi escribió: “Sentía que algo dentro de mí, donde había reposado siempre mi vida, se había roto; que no me quedaba nada a donde agarrarme, y que moralmente mi vida se había detenido. Una fuerza invisible me impelía a desligarme de mi existencia de alguna manera; no puede decirse exactamente que deseara suicidarme porque la fuerza que me alejaba de la vida era más grande, más poderosa y general que cualquier simple deseo. Era una fuerza parecida a la vieja aspiración de vivir, pero que me impelía en dirección contraria (…) Imaginad un hombre feliz y lleno de salud escondiendo la cuerda para no colgarse en la viga de la habitación donde cada noche duerme solo. Imaginadme no yendo a cazar más por miedo de rendirme a la fácil tentación de matarme con la pistola”. Tolstoi sentía todo esto en un período de su vida en el que debería haber sido completamente feliz: amaba a su esposa, ella le correspondía, sus demás relaciones familiares eran armoniosas, económicamente estaba bien, era famoso, no estaba enfermo. Pero aún así, su vida carecía de sentido: “no podía dar ningún significado razonable a acción alguna de mi vida (…) El hombre sólo puede vivir mientras está intoxicado, embriagado de vida; sin embargo, cuando vuelve a estar sobrio no puede dejar de ver cómo todo consiste en una estúpida estafa (…)¿Cuál será el resultado de lo que haga hoy?, ¿y de lo que haré mañana? ¿Cuál será el resultado de toda mi vida? ¿Por qué debo hacer nada? ¿Hay algún otro objetivo en la vida que la muerte inevitable que me espera no anule o desmienta?... Sin una respuesta es imposible, como bien he experimentado, que la vida pueda continuar”. Tolstoi cuenta que buscaba la manera de salir de tal estado, pero no lograba su objetivo y escribió “que aquello que nos conduce a la desesperación y al absurdo sinsentido de la vida es el único conocimiento incuestionable accesible al hombre”. Para apoyar esta conclusión cita a Buda, a Salomón y Schopenhauer. Durante todo este tiempo, Tolstoi reconoce que una parte de su corazón tenía “sed de Dios”. Habla de su corazón debido a que era algo que no provenía de sus razonamientos. Tolstoi encuentra el sentido de su vida en la fe: “Desde que la humanidad existe, allá donde ha habido vida, también hubo fe que hizo posible vivirla. La fe constituye el sentido de la vida, el sentido por virtud del cual el hombre no se autodestruye, sino que continúa viviendo. Si el hombre no creyese que hemos de vivir por algo, no viviría. La idea de un Dios infinito, la de la divinidad del alma, la de la unión de las acciones del hombre con Dios, son ideas elaboradas en las ilimitadas profundidades secretas del pensamiento humano. Hay ideas sin las que no habría vida, sin ellas yo mismo no viviría. Comencé a ver que no tenía derecho a confiar en mi razonamiento individual omitiendo las respuestas que proporcionaba la fe, ya que son las únicas respuestas para la cuestión”. Tolstoi decide cambiar su hasta entonces equivocada manera de vivir. Ahora viviría de manera distinta: trabajar para satisfacer las necesidades materiales, solucionar necesidades comunes, abjurar de mentiras y vanidades, ser simple, creer en Dios. En esto consiste la felicidad: “Conocer a Dios y vivir es la misma cosa. Dios es lo que es la vida. Bien, así pues, ¡vive, busca a un Dios, no habrá vida sin Él!”. Estos pensamientos entraron de súbito, como una revelación: “(así) como la fuerza de la vida había sido anulada en mí... así también la energía de la vida volvió”. Durante la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein decide participar como soldado. De este período escribió: “Salvó mi vida; no sé qué hubiera hecho sin ella”. ¿A qué se refería? ¿Qué le había sucedido durante este tiempo? ¿Qué experiencia le salvó o transformó la vida? Bertrand Russell –como ya habíamos visto– supo lo que había pasado: “Durante la Primera Guerra, o quizá inmediatamente antes, cambió su perspectiva y se convirtió más o menos en un místico...”. El 1 de septiembre de 1914 comenzó a leer el “Pequeño Evangelio” de Tolstoi. En sus diarios escribió: “Ayer comencé a leer los comentarios de Tolstoi a los Evangelios. Una obra magnífica. Pero todavía no es para mí lo que yo esperaba de ella”. Wittgenstein adquirió por casualidad este libro en una librería donde sólo contaban con tarjetas postales. El único libro a la venta era el de Tolstoi. ¿Qué tanto influyó en Wittgenstein el pensamiento de Tolstoi? Durante la guerra Wittgenstein escribió: “Las palabras de Tolstoi acuden a mi mente una y otra vez: el hombre es impotente en la carne pero es libre por el espíritu. ¡Ojalá esté en mí el espíritu!... ¡Que Dios me dé fuerza! Amén. Amén. Amén”. Sus compañeros lo conocían como “el del Evangelio”, y de hecho podía recitar de memoria la obra de Tolstoi. En 1915 sobre la obra de Tolstoi escribió: “En su momento fue la que realmente me mantuvo en vida”. Terrible era el estado de ánimo de Wittgenstein durante la guerra. “¡Pero en los últimos días he sido presa de la depresión! ¡No siento verdadero placer por nada y mi vida está llena de ansiedad por el futuro! Porque ya no estoy en paz conmigo mismo. Cada falta de decencia a mi alrededor –y siempre hay algo de este tipo– me hiere profundamente y siempre se abre una herida antes de que la anterior haya cicatrizado... Las cosas nos van muy mal. ¡¡¡Dios mío, ayúdame!!!”. Se sentía solo, escribió que sólo encontraba mezquindad para donde mirara. “¡Ni un solo corazón con sentimientos a la vista!”. Después de una falsa alarma en la que pensó que moriría, escribió: “Estaba seguro de que iba a morir en el acto... Estaba terriblemente agitado y gemía audiblemente. Sentí los terrores de la guerra. Ahora (por la tarde) me he sobrepuesto del terror. A menos que cambie mi actual disposición mental, pondré todo mi empeño en seguir vivo... Ahora podría tener una oportunidad de convertirme en un ser humano decente, puesto que estoy cara a cara con la muerte. Que el espíritu me ilumine”. Antes de entrar en acción acostumbraba decir “¡Qué Dios me acompañe! ¡Que el espíritu me acompañe!”. Ser cristiano, para Tolstoi, implicaba cierto estilo de vida. ¿Compartía Wittgenstein esa visión? Para Wittgenstein “sólo es feliz la vida que puede renunciar a las amenidades de este mundo. Una vida para la que esas amenidades no son sino otros tantos regalos del destino... Ser feliz es estar en concordancia con el mundo, estar en concordancia con aquella voluntad ajena de la que parezco dependiente”. Cuando termina la Primera Guerra, Wittgenstein decide renunciar a las “amenidades de este mundo” y se plantea dos posibilidades: hacerse sacerdote o maestro de escuela. Los monjes que conoció le parecieron “rudos”, así que se conformó con trabajar como jardinero del monasterio. Posteriormente decide dedicarse a la docencia: “Me hubiera gustado más ser sacerdote, pero cuando sea maestro podré leer el Evangelio a los niños”. De igual forma decide renunciar a su fortuna. Wittgenstein fue maestro de escuela elemental en Trattenbach (1920-1922), Puchberg (1922-1924) y en Otterthal (1924-1926). Siguiendo las ideas de Tolstoi renuncia a su fortuna y se dirige a la Austria rural a vivir con los “honestos y simples” campesinos. Tolstoi hablaba de la noble vida campesina. ¿Cómo le resulto? Al llegar escribió: “Estoy trabajando en un bello y pequeño nido llamado Trattenbach... Soy feliz con mi trabajo en la escuela y lo necesito localmente; en caso contrario, todos los demonios del infierno andarán sueltos dentro”. A Russell le escribió: “Todavía hace un momento me encontraba terriblemente deprimido y cansado de vivir, pero ahora estoy un poco más esperanzado”. Compárese con lo que le escribió un año después: “(Estoy) todavía en Trattenbach rodeado, como siempre de odio y bajeza... aquí hay muchos más mediocres e irresponsables que en cualquier otro sitio”. También informaba en esa carta que no pensaba estar ahí por mucho tiempo. Una vez que Wittgenstein se percata de que las ideas de Tolstoi no son del todo exactas, el filósofo se propone ayudar a que “el campesinado saliera del estiércol”. La gente del pueblo estaba mal alimentada, los habitantes estaban en un constante estado de ansiedad e incomodidad debido a su posición y había luchas de clases dentro del mismo poblado. Como profesor buscaba que la enseñanza no fuera mera memorización y que los alumnos usaran su imaginación. Organizaba excursiones y cuando creía que alguno de sus alumnos tenía miedo le decía: “¿Tienes miedo? Bien, entonces sólo debes pensar en Dios”. Comenzaba y terminaba sus clases con el Padre Nuestro. Wittgenstein enseñaba a sus alumnos “matemáticas avanzadas” aún cuando se trataba de enseñanza elemental, decía que “nunca es demasiado pronto para empezar con el álgebra”, lo mismo pasaba con la literatura y la historia. Animaba a los niños a seguir estudiando más allá de lo elemental, pero no les recomendaba dejar el campo. Wittgenstein llevaba una mala relación con los adultos, un maestro celoso le inventaba chismes y también fue acusado de golpear sádicamente a sus alumnos (algunos antiguos alumnos dicen que sí los llegó a golpear pero Wittgenstein dejaba claro lo que era merecedor de castigo, por ejemplo, la deshonestidad). En abril de 1922, Wittgenstein abofeteó a un alumno que fue llevado desmayado a la secretaría de la escuela. Debido a lo anterior, fue sometido a un examen psiquiátrico para determinar si podía seguir enseñando, y a pesar de haber sido absuelto, renunció a la enseñanza. VOTOS DE CASTIDAD ¿Cómo vivía Wittgenstein la sexualidad? Wittgenstein se propuso hacer votos de castidad, pero no lo lograba del todo, porque a períodos de abstinencia sexual le seguían períodos de promiscuidad, y esto le hacía sentir muy mal. Admiradores y gente cercana al filósofo trataron de negar su homosexualidad. Y es que Wittgenstein vivía –¿padecía? – a su manera su orientación sexual. Bartley III dice: “Era un homosexual dado a arrebatos de promiscuidad extravagante y casi incontrolable... A lo largo de su vida, pero especialmente durante y después de la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein estuvo atormentado por una culpa intensa y sus deseos y actividades sexuales le causaron sufrimiento. Había llegado a convencerse de que el tipo de alta creatividad espiritual e intelectual al que aspiraba era virtualmente incompatible con la actividad sexual”. ¿Por qué tenía tantos conflictos con su sexualidad? Al parecer a Wittgenstein no le causaba angustia su homosexualidad en particular sino la sexualidad o los deseos sexuales en general. ¿Es posible que de haber sido heterosexual hubiese desarrollado tales conflictos? ¿Qué tanta influencia tuvieron Otto Weininger, Tolstoi y Lidwing Hänsel en sus ideas respecto al sexo? Otto Weininger es el autor de “Sexo y carácter”. Para Weininger las mujeres son inferiores a los hombres, pues son seres humanos que carecen de alma y por ello es que nunca llegará a haber genios entre ellas; afirmaba que el contacto físico con las mujeres desespiritualiza a los hombres, aboga por la abstinencia sexual como condición del desarrollo espiritual y la genialidad. Wittgenstein llegó a decir que admiraba su obra. Weininger fracasaba en su intento de evitar las relaciones sexuales. Ludwing Hänsel fue amigo de Wittgenstein. Hänsel hablaba de la pureza sexual de los jóvenes, publicó un folleto en contra de la masturbación (contraria a la naturaleza y dañina para el cuerpo y el alma), contra la homosexualidad y contra Freud. En 1918 y 1920 Wittgenstein tuvo dos sueños que interpretó como un llamado a dominarse sexualmente hablando. En ellos aparecen elementos mágicos (alfombra mágica), religiosos (altares, varas-serpientes...), y en estos sueños también ve un llamado a hacerse monje. William Warren Bartley III escribe que Wittgenstein buscaba alejarse de la tentación del contacto sexual fácil y casual con jóvenes en las calles o en otros lugares, de igual forma intentaba rodearse de jóvenes con los que pudiera establecer relaciones platónicas (como sus alumnos en la universidad). Odiaba la soledad, sobre todo la soledad nocturna que le lanzaba a buscar sexo. Se obligaba a evitar áreas de peligro, es decir, lugares donde era fácil encontrar sexo accidental e impersonal con jóvenes a los que no volvería a ver. Había períodos en los que lograba sus objetivos, pero sufría “recaídas” en las que buscaba relaciones con jóvenes encontrados en el anonimato de la calle. Algunas personas sugieren que Wittgenstein se odiaba a sí mismo debido a su homosexualidad y a su fracaso en llevar una vida casta. Será difícil saberlo porque Wittgenstein no dejó por escrito lo que pensaba o sentía sobre su orientación sexual, y sólo el desprecio que a veces sentía por sí mismo es lo que puede encontrarse en sus escritos. “Me están devorando unas circunstancias repugnantes. Toda la vida exterior, con toda su vulgaridad, se abalanza sobre mí. E interiormente estoy lleno de odio y no consigo dejar que penetre en mí el espíritu. Dios es el amor. Soy como un hornillo consumido, lleno de escorias y suciedad”. Para Wittgenstein había tres experiencias fundamentales en la vida: 1. El asombro ante la existencia. 2. La sensación de seguridad (a eso se refería su experiencia en “Los que firman con una cruz”). 3. La culpa. Sobre esta última escribió: “el sentimiento de que haga lo que haga no estoy en orden con mi deber, que soy culpable en sí”. ¿Hasta qué punto se debía este sentimiento de culpa a su vida sexual? ¿Qué se exigía moral o éticamente? Wittgenstein decidió romper sus relaciones con Russell en 1914 al no poder llegar a un acuerdo en sus discusiones acerca de los valores. Wittgenstein le escribió a Russell: “Los dos tenemos debilidades, pero especialmente yo, mi vida está llena de los pensamientos y actos más feos y mezquinos... Pero estoy ya demasiado cansado de las cosas eternamente sucias y de hacer todo a medias. Mi vida ha sido hasta ahora una gran cochinada, pero ¿deberá continuar siéndolo por siempre?”. Meses antes le había escrito: “Cómo puedo ser un lógico sin ser antes un hombre. Antes que cualquier otra cosa, debo aclararme conmigo mismo”. Sobre su ética escribió: “Lo que es bueno, es también divino. Por muy raro que suene, esto resume mi ética”. FE SIN PALABRAS Vimos que la obra de Tolstoi influyó en el pensamiento de Wittgenstein, sin embargo no puede decirse que Wittgenstein fuese un cristiano común. ¿A qué me refiero? Para Wittgenstein poco importaba la realidad o falsedad de los Evangelios, y escribió sobre los conceptos cristianos de pecado, condenación e infierno: “El cristianismo no es una doctrina, no; quiero decir, una teoría sobre lo ocurrido y lo que ocurrirá al alma humana, sino una descripción de algo que realmente tiene lugar en la vida humana. Porque la ‘conciencia del pecado’ es un suceso real; y también lo son la desesperanza y la salvación a través de la fe. Aquellos que hablan de tales cosas están simplemente describiendo lo que les ha ocurrido a ellos, independientemente de lo que cada uno haya querido decir sobre la cuestión”. En otra parte escribió: “Por extraño que suene podría probarse que los relatos históricos de los Evangelios son falsos en sentido histórico y con ello la fe no perdería nada. El creyente no tiene ni la relación que tiene con una verdad histórica (verosimilitud), ni con una teoría de ‘verdades racionales’... El cristianismo no se basa en una verdad histórica, sino que nos da una noticia (histórica) y dice: ¡ahora, cree! Pero no cree esta noticia con la fe que corresponde a una noticia histórica, sino cree sin más y esto sólo puedes hacerlo como resultado de una vida”. Entonces, ¿en qué sentido puede ser considerado cristiano? “La religión cristiana es sólo para quien necesita un socorro infinito; esto es, sólo para quien sienta una angustia infinita. La Tierra entera no puede sufrir un tormento mayor que un alma sola. La fe cristiana –como yo la veo– es un refugio para el tormento último de uno. A quienquiera que en esta angustia le sea dado abrir su corazón, en lugar de contraerlo, acepta los medios de salvación en su corazón”. Así como los sueños pueden reflejar nuestras preocupaciones, la mitología refleja sentimientos como el asombro ante la existencia o la culpa ante nuestras faltas; y así como los sueños pueden ser interpretados, los mitos también pueden descifrarse. Ni el budista ni San Agustín están equivocados “excepto al proponer alguna teoría”. Wittgenstein era un místico y de ahí que las teorías le resulten prescindibles. Sobre ello escribió que bien podía imaginar “una religión en la que no haya ninguna doctrina y en la que, por tanto, no se hable. La esencia de la religión puede evidentemente no tener nada que ver con que se hable, o más bien: si se habla es que se trata de una parte constitutiva de la acción religiosa y no de ninguna teoría. Por lo tanto, no depende en absoluto de si las palabras son verdaderas, falsas o sin sentido”. Esto mismo es lo que expresan otros místicos y pensadores. Eckhart apuntó: “¿Cómo debo entonces amar a Dios? No lo amarás tal y como es: no como un Dios, no como un espíritu, no como una persona, no como una imagen, sino como el uno absoluto y puro. Y en este uno nos hundiremos de la nada a la nada, y que Dios nos ayude”. Refiriéndose al “Tractatus”, Wittgenstein expresó: “Quise escribir, en efecto, que toda mi obra se compone de dos partes: de la que aquí aparece, y de todo aquello que no he escrito. Y precisamente esta segunda parte es la importante. Creo, en una palabra, que todo aquello sobre lo que muchos hoy parlotean lo he puesto en evidencia en mi libro guardando silencio sobre ello”. En este sentido, el “Tractatus” es un libro místico, pero diferente a cualquier otro tratado sobre estos asuntos. Wittgenstein habla de Dios y de todo lo que le es propio mediante lo que no revela, mediante lo que no menciona. Wittgenstein se ocupa de Dios y de su mundo al no describirlos. Al quedar claro todo aquello de lo que es posible pensar y hablar, se marca una diferencia con aquello de lo que no es posible pensar o expresar; se traza así la diferencia entre éste y el otro mundo. De esa forma, el “Tractatus” contiene, aunque no de forma explícita, al mundo místico. “Es teología negativa en su grado más puro”, escribió Wilhel Baum. - - - BIBLIOGRAFÍA - Brand, Greg. “Los textos fundamentales de Ludwig Wittgenstein”. Alianza Universidad. Madrid. 1981. - James, William. “Las variedades de la experiencia religiosa”. Ediciones Península. Barcelona. 1986. - Jareño, Joaquín. “Religión y relativismo en Wittgenstein”. Ariel. - McGuiness, Brian. “Wittgenstein. el joven Ludwig”. Alianza Universidad. - Sádaba, Javier. “Lenguaje, magia y metafísica (El otro Wittgenstein)”. Librerías Prodhufi. Madrid. 1992. - Warren, William. “Wittgenstein. Cátedra”. Teorema. Madrid. - Wittgenstein, Ludwig. “Diarios secretos”. Alianza Editorial. - Wittgenstein, Ludwig. “Tractatus Logico-Philosophicus”. Alianza Editorial. Madrid. 1994. |