Nuestro trabajo como “investigadores” debe dar un giro; dejar de lado historias tan risibles como el caso de la película “Alien abduction”, o los alienígenas de goma del ufólogo ecuatoriano Jaime Rodríguez, para abocarnos de una vez por todas a un análisis intelectual, obviando historias intrascendentes para buscar explicaciones al origen del mito. Chile es el tercer país del mundo en avistamientos de OVNIS, y ocupa otros lugares tan honoríficos en distintos aspectos de la ufología, como encuentros cercanos del tercer tipo. Esto, según los ufólogos andinos de turno, en especial los más fantasiosos y sensacionalistas. Cuando uno pide datos, muestran tablas –realizadas por ellos mismos– donde Chile se ubica en sitiales privilegiados. ¿Exceso de chauvinismo, quizás? Lo anterior se responde con un rotundo “sí”. Basta un pequeño acercamiento a la ufología internacional para descubrir que Chile apenas figura entre los países que cuentan con casos interesantes, y que los acontecimientos ocurridos en su territorio son vistos casi como excentricidades desconocidas fuera de sus fronteras. Esto no quiere decir mucho, sólo que esa supuesta posición privilegiada únicamente existe en las mentes más delirantes. Chile, a nivel internacional, es uno más del montón en cuanto a acontecimientos vinculados con los OVNIS, muy por debajo de países como Argentina, Brasil, México, España, Inglaterra y Francia, por sólo citar algunos. Esto, que en sí no reviste ninguna trascendencia (1), pone de manifiesto la exagerada importancia que algunos ufólogos chilenos dan a su país en el concierto internacional. Esta autocomplacencia finalmente los ha llevado derechito al abismo, del cual hace bastante tiempo ni siquiera han intentado salir. Me explico: desde mediados de la década de los 80, el investigador Jorge Anfruns ha pretendido hacer creer a sus connacionales que Chile está siendo sistemáticamente visitado por seres alienígenas. Recordemos que para él los ovnis (2) son intrínsecamente extraterrestres. Desde aquel momento, los demás ufólogos han repetido las cifras y “datos estadísticos” de Anfruns sin haber considerado otros detalles, como por ejemplo que Chile prácticamente no existe para los investigadores extranjeros. Esto, más que considerarlo una deshonra por no tener en cuenta “nuestros” casos, debemos tomarlo como un llamado de atención sobre el evidente aislamiento en el cual estamos sumidos. Si nadie nos ha creído importantes, no es porque nos miren en menos; es simplemente porque no somos importantes o porque los ufólogos chilenos y sus miles de casos no son de fiar. Triste, pero cierto. Es más, basta una pequeña encuesta entre investigadores de otros países para notar que si no fuera por el dudoso caso Valdés, Chile ni siquiera existiría para el resto del orbe. Sí, está bien, ustedes dirán que a veces las noticias son publicadas en el extranjero, pero eso es poco y nada. Chile ha intentado darse a conocer por “exportar” casos –generalmente malos casos–, y no por tener una buena base intelectual, ni por poseer grupos de investigación serios y sólidos. Ésa es otra de las razones por la cual la investigación del tema OVNI no ha tenido suficiente eco en este país. Primero, convengamos en que el tema realmente no es de preocupación popular. Está claro que a muchas personas les llama la atención, pero de ahí a que les quite el sueño como lo hace con los fanáticos autodenominados “ufólogos”, hay un extenso camino. Luego, los grupos que se dedican a investigar casos no son precisamente grupos, sino cuatro o cinco personas que se interesan más por aparecer en TV que por debatir seria e informadamente. Además, entre los ufólogos se da una importancia casi irracional a las salidas a terreno –es decir, subirse a cerros a esperar un ovni, así, con minúsculas–, en desmedro del trabajo de salón, el análisis ponderado y la reflexión informada. Existe la concepción, errónea a juicio de quien escribe, de que la ufología de salón es una mala ufología. Nada más incorrecto, pues la única forma de lograr explicaciones a este fenómeno es debatiendo, pensando y comparando informaciones, no conversando con la señora que vio una bola de luz o el tipo, medio alcohólico, medio enajenado, que asegura conversar con una alienígena de Ganímedes. Es claro que ambos estilos deben asumirse como válidos, y en lo posible equilibrarse, pero jamás excluyendo a la ufología razonante. Generalmente, quienes desprecian el trabajo intelectual son aquellos que no pueden sentarse a reflexionar. Es más, algunos congresos –especialmente los que se realizaban, siempre sin éxito, en el norte de Chile, en La Serena– se dedican a abordar los tópicos más sensacionales de la ufología, y no a discutir posibles explicaciones a los casos que con tanta pompa y propaganda difunden. De allí, directamente desde ese congreso, vienen los más sonados patinazos: los ovnis gigantes, la desaparición –como consecuencia de la intervención alienígena, cómo no– del teniente Alejandro Bello (3), la piedra que trajeron de Roswell (!), el caso del campesino ecuatoriano que prestó a su esposa para que los “marcianos” la fecundaran, etcétera. Otro de los males que apolillan los anhelos ufológicos es la clara predisposición que tienen muchos de los “investigadores” chilenos a creer en extraterrestres. La mayoría de ellos está en esto por una cuestión de creencia irracional, por un acto de fe, y esgrimen sus siempre “sólidos” –y copiados– argumentos: el universo es tan grande, no podemos estar solos, existen muchas pruebas (que nunca entregan, por cierto), etcétera, etcétera. Esta expresión de patetismo llega a extremos preocupantes cuando algunos ufólogos aparecen ante las cámaras de TV con poleras decoradas por inquisidores grises o afirman, sin ningún atisbo de sonrojo, que “nosotros creemos, pero no tenemos las pruebas” (4). ¿Qué pretenden con esto? ¿Hacer “ciencia” o crear una nueva religión? Otra de las falencias graves de estos “expertos” es que no reconocen su origen autodidacta. En un artículo publicado el 20 de febrero de 2000 en el diario “La Tercera”, se dejaban al descubierto todas las debilidades de la ufología chilena. Algunos salieron mal parados en el asunto, lo que motivó una carta a modo de réplica por parte de un grupo de estudiosos. Ésta jamás fue publicada en el diario, que no está para perder su espacio en reacciones histéricas, y apareció en la revista “La Nave de los Locos” como una forma de mostrar cómo “razonan” los ufólogos. En el artículo antes citado de “La Tercera” se escriben algunas verdades que podrían doler, como que los delirios llegan a tal nivel que muchos se atreven a hablar de ovnis (sí, como naves alienígenas) en la época de los faraones, mientras algunos intentan explicar que vieron luces inteligentes (¿una nueva forma de vida, similar a las luciérnagas?); otros aseguran ser expertos en defensa y otros más reconocen que todo lo hacen según criterios propios, es decir, que no se nutren de la información que se puede adquirir en el extranjero o en otras fuentes, sino que se encierran en su burbuja a elaborar metodologías. ¿Ciencia me decían? Por si esto no fuera ya suficiente escarmiento, de vez en cuando Chile recibe la visita de las más luminosas estrellas del mundillo ufológico, a saber: Juan José Benítez, Jaime Maussán, Jaime Rodríguez, Giorgio Bongiovanni (con estigmas incluidos), Fabio Zerpa y Sixto Paz, quien sigue asegurando que estuvo en Ganímedes con sus seres rubios ideales, aunque todo el planeta sepa que esa luna está desierta. De esta forma, con charlatanes y farsantes de renombre mundial, la ufología chilena se alimenta de la peor escoria que se produce en el extranjero. A pesar de lo reconocidamente pésimos investigadores que son algunos de los mencionados, y de las charlatanescas ponencias que se dieron el lujo de dictar otros, los ufólogos chilenos rindieron pleitesía a todos ellos, poniéndose de rodillas si era necesario para que esas lumbreras de la mentira platillista se sintieran halagadas de visitar este verdadero paraíso de los adoradores de marcianos. Con este ambiente, Juan José Benítez estuvo en la Feria del Libro de Santiago de noviembre de 1999, rodeado de una cantidad impresionante de gente, y vendiendo libros como una máquina. La fama del novelista español es tan grande en Chile que parece difícil hacer entender a sus seguidores de lo falaces que son las historias del periodista navarro. Algo similar ocurrió con Jaime Maussán, quien abarrotó una dependencia de la Universidad de Santiago cuando “demostró” que los extraterrestres estaban aquí, con nosotros, e hizo gala de una decena de sus “miles” de videos a los que ya nos tiene habituados. Su descaro llega a un nivel tan escandaloso, que se dio maña para afirmar en TV: “yo también soy escéptico; sólo tengo la mente más abierta” (5). Si Maussán es escéptico, la ufología está muerta. Con Jaime Rodríguez ocurre algo extraño. Es resistido por buena parte de los ufólogos locales, pero aún así existe un grupo (no quiero decir que es el hoy desaparecido Ovnivisión, pero qué más da...) que sigue dando créditos a este tipo, quien ya ha abultado bastante su cuenta corriente gracias a la inocencia de los chilenos. Sus mentiras son tan aberrantes que es impresentable que aún siga teniendo acólitos. Por ejemplo, pretendía hacernos creer que la película de clase B “Alien abduction” era una filmación real, que una piedra que mostró en un congreso era un trozo del “plato de Roswell”, y así sucesivamente... La gravedad del asunto parece aumentar cuando notamos que no existía –hasta la aparición de “La Nave de los Locos”– un canal de expresión para la ufología chilena más crítica, y el interesado en estos temas sólo podía tener acceso a material de dudosa calidad, como la revista “Revelación” (por suerte ya desaparecida) o la publicación del grupo pro ET “Ovnivisión” (que duró pocos números), donde además de falta de contenidos y errores ortográficos, podemos hallar un sinfín de artículos dementes dignos de la más calenturienta de las imaginaciones. Así las cosas, era difícil que alguna agrupación tuviera acceso al material más novedoso que se manejaba en el extranjero, especialmente Europa y EE.UU. Por sólo poner un ejemplo, mientras por esos lados la discusión es si la hipótesis psicosocial explica satisfactoriamente el fenómeno, en Chile se sigue debatiendo sobre la veracidad del caso Meier o si tal o cual señora fue implantada o solamente la raptaron... Es por este aislamiento que Chile pasa a ser un terreno fértil en dinero y mentes incautas para el experto en difundir engaños; acá nadie sabe mucho de ufología, por lo que es fácil capturar presas para algunos habilidosos difusores de mitos. El desconocimiento llega a niveles tan exasperantes, que es muy complicado hablar de ufología con los mismos ufólogos, aunque parezca extraño, pues el nivel de discusión es sobre si los implantes son microchips alienígenas o una forma de control mental, o si los abducidos por grises sufren menos traumas que los que son raptados por los reticulianos. Ni hablar del último dossier de “Cuadernos de Ufología”, o lamentar en conjunto la triste desaparición de “Perspectivas Ufológicas”, porque el interlocutor mirará extrañado y volverá al ataque con sus delirios sobre marcianos y ese tipo de “problemas”. No preguntemos de hipótesis alternativas, pues para un gran sector de los aficionados autodenominados expertos sólo existen dos: la HET –la que mejor manejan, pero que tampoco conocen en profundidad– y la postura escéptica, que se entiende como los cerrados de mente que no comprenden la veracidad de la visita de alienígenas a la Tierra, porque defienden a la “ciencia oficial”… Quisiera retomar el punto referido a la escasa investigación que se realiza en Chile. Y no me refiero a salir a terreno a preguntarle al tipo si vio un ovni cuadrado o con forma de puro, sino salir a terreno a buscar explicaciones, a indagar más allá del mero relato. Además del testimonio, se debe ahondar en la búsqueda de soluciones, de posibles confusiones, y luego verificar la salud mental del testigo, las condiciones bajo las cuales hizo su avistamiento, su afinidad con el tema, etcétera. En Chile, desgraciadamente la ufología se ha convertido en una parte más del show, donde por sintonía televisiva se es capaz de todo, hasta de llevar a Jaime Rodríguez a un estelar o de invitar a Sixto Paz al programa matinal correspondiente a narrar sus fantásticas aventuras por las lunas de Júpiter. De esta forma, los grupos se han dedicado más a hacer propaganda de sus nombres que a solucionar casos o a hacer historia de la ufología chilena. Quien se jacta de haber realizado aquel trabajo, el simpatiquísimo Jorge Anfruns, jamás ha accedido a prestar sus datos, los que por lo demás han de ser bastante incompletos y carentes de contexto, como todo lo que elabora. Aún así, su aporte sería bueno. Pero él no está de acuerdo con esto de prostituir su labor, y en más de una ocasión ha señalado que va a respetar a un ufólogo cuando haga lo que él ya hizo. De todas formas, cabe señalarle a este señor que “su” ciencia, la ufología, carece de uno de los postulados esenciales de LA ciencia, que es el compartir la información para que todos puedan certificar su autenticidad. Pero existe esa idea en algunos estudiosos, con honradas y contadas excepciones. Muchos creen y llevan adelante su postura de no colaborar, pues ven en esto una labor personalista que puede llevar al estrellato; si compartes tu información, puede venir alguien mejor a arrebatarte tu sitial de honor. Sin embargo, y a pesar de su renuencia a colaborar, Anfruns ha perdido el lugar que tuvo alguna vez y hoy, aunque intentó evitarlo, no es una voz autorizada ni muy requerida por nadie. La manía chauvinista que ocurre en Chile, y que de seguro se repite en todos los demás países, ha jugado una nueva mala pasada. Chile no es ni con mucho un país famoso por sus investigadores ni por sus casos de alto interés, ni tampoco por ocupar un hipotético y falso tercer lugar en quién sabe qué. Este último dato, que enorgullece a algunos, no es más que una muestra de penoso afán figurativo. “Ante la falta de ideas, resaltemos por los números”, debió haber sido el lema. Números falsos... ideas superficiales... Explicaciones pobres... en suma, ¡ufología en Chile! - - - NOTAS (1) Suponiendo que sea cierto, que no lo es, ¿qué importancia puede tener ser el tercero en casos de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo? ¿Eso quiere decir que los alienígenas prefieren a Chile, que ese país es más permeable a la invasión cultural yanqui, o que los locos andan sueltos en una proporción mayor a la del resto del mundo? (2) En este trabajo asumiremos la terminología que Ignacio Cabria utiliza en su libro “Entre ufólogos, creyentes y contactados” sobre la forma de escribir el acrónimo “ovni”: será así, con minúsculas, cuando tenga intrínsecamente un significado de “origen ET”; y OVNI, con mayúsculas, cuando se refiera a su verdadera acepción: Objeto Volador No Identificado. (3) El teniente Alejandro Bello fue un piloto que se extravió en la zona central de Chile a comienzos del siglo XX y que jamás ha sido encontrado. (4) El ATC (como le gusta ser reconocido, por su pasado como controlador de tráfico aéreo) Patricio Borlone se despachó esta frase para el bronce en una entrevista emitida por TVN en febrero de 1999. (5) En entrevista concedida a TVN, enero de 1999. Publicado originalmente en La Nave de los Locos Nº 1, abril de 2000. Páginas 13-16 |