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Los Ovnis del Ulises Criollo
publicado en 11/07/2006

Autor: Luis Ruiz Noguez

Escritor, abogado, filósofo y educador mexicano nacido en Oaxaca. Estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y en la de Jurisprudencia, donde se recibió de abogado en 1907. Tomó parte activa en la Revolución de 1910, dentro del maderismo. Rector de la Universidad Nacional (1920-1921) y director del Ministerio de Instrucción Pública (1921-1924) desde donde impulsó la creación de la Secretaría de Educación Pública (1935).

Organizó la primera campaña de antianalfabetismo, las misiones culturales y las bibliotecas populares. Celebró la Primera Exposición del Libro en el Palacio de Minería, inició un amplio programa de publicaciones y fomentó la pintura mural mexicana, ofreciendo contratos a pintores como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Sequeiros y Roberto Montenegro, para que pintaran en edificios públicos. En 1924 renunció al Ministerio de Instrucción Pública por estar en desacuerdo con la elección del candidato Elías Calles a la presidencia. Regresó en 1928 y lanzó su candidatura a la Presidencia de la República. Su intento fracasó y volvió a exiliarse, viajando por Europa, Asia y América del Sur.

En 1940 regresó a México y se le nombró director de la Biblioteca de México. Fue miembro de numerosas agrupaciones culturales extranjeras y del país. Doctor Honoris Causa por las universidades Nacional de México y de Puerto Rico, Chile, Guatemala y El Salvador. Perteneció a la Academia Mexicana de la Lengua.

Escribió casi 100 libros, pero en los que se aprecia su vena “espiritualista” son “La revolución de la energía (los ciclos de la fuerza, el cambio y la existencia)” (1924); “Teoría de los 5 estados” (1924); “La raza cósmica” (1925) y “Tratado de metafísica” (1929). En “La raza cósmica” plantea una imagen espiritualista y dinámica del universo. Afirma que los latinoamericanos (la raza cósmica) son la fusión de lo mejor de las dos culturas. Su obra abarca filosofía, sociología, historia y literatura, destacando “Prometeo vencedor” (1916); “Ulises Criollo” (1936); “La tormenta” (1936); “El desastre” (1938); “El proconsulado” (1939); “Apuntes para la historia de México, desde la conquista hasta la revolución” (1943) y “El viento de Bagdad” (1945).

José Vasconcelos tuvo una extraña visión en compañía de su padre y sus hermanos. No sabemos si fue una imagen “espiritualista”, una “alucinación colectiva” (como él mismo apuntó), o un fenómeno quimiluminiscente o triboluminiscente. Lo interesante es que el relato, afortunadamente, no cayó en manos de los ufólogos, quienes rápidamente lo hubieran asimilado al fenómeno OVNI.

LA VISIÓN DE VASCONCELOS

“Regresábamos de un paseo. La mañana estaba luminosa y tibia. Leves gases de niebla borraban el confín y se esparcían por la llanura. Serían las once de la mañana y comenzaba a quemar el sol. Desde el puente contemplábamos la margen arenosa, manchada de grana y mezquites, cortada de arroyos secos…

 

“De pronto, nacidos del seno humoso de ambiente, empezaron a brillar unos puntos de luz que, avanzando, ensanchándose, se tornaban en discos de vivísima coloración bermeja o dorada: con mi padre y mis hermanos éramos cinco para atestiguar el prodigio.

 

“Al principio creíamos que se trataba de manchas producidas por el deslumbramiento del sol… Nos restregábamos los ojos, nos consultábamos y volvíamos a mirar. No cabía duda: los discos giraban, se hacían esferas de luz, se levantaban de la llanura y subían, se acercaban casi hasta el barandal donde nos apoyábamos…

 

“Como trompo que zumbara en el aire, las esferas luminosas rasgaban el tenue vapor del ambiente. Hubiéramos dicho que la niebla misma se cristalizaba, se acrisolaba para engendrar forma, movimiento y color…

 

“Asistíamos al nacimiento de ‘seres de luz’. Conmovidos comentábamos, emitíamos gritos de asombro, gozábamos como quien asiste a una revelación.

 

“En tantos años de lecturas diversas no me he topado con una explicación del caso, ni siquiera con un relato semejante, y todavía no sé si vimos algo que nace del concierto de las fuerzas físicas o padecimos una alucinación colectiva de las que estudian los psicólogos”.

Esta visión de Vasconcelos es muy semejante al relato de Nicolás Roerich por el número de objetos observados. Quien también observó varias lucecitas brillantes fue el filósofo alemán Johann Wolfgang von Goethe. En el tomo VI de “Conversaciones con Goethe”, la biografía de Goethe, narra una curiosa aparición que presenció a la edad de 16 años, en un lodazal, mientras se dirigía en carruaje desde Frankfurt a la Universidad de Lepzig una noche que amenazaba tormenta: 

“De repente, a un lado del camino, vi una especie de anfiteatro enormemente iluminado. En un espacio con forma de tubo había un sinfín de pequeñas lucecitas tan brillantes que dañaban la vista. Estas luces no eran fijas, ya que saltaban en todas direcciones, aunque había algunas que permanecían inmóviles.

 

“Sentí mucho tener que abandonar aquel maravilloso espectáculo, que hubiera querido observar más de cerca, para continuar el viaje. Queda por saber si se trataba de un pandemónium de fuegos fatuos o una asamblea de criaturas luminosas; no podría decidir”.

Luego se enteró que en el lugar había existido una vieja cantera. ¿Eran fuegos fatuos como apuntó el filósofo? ¿Son estas visiones debidas a fenómenos de quimiluminiscencia o triboluminiscencia? ¿Acaso son centellas? Es difícil saberlo

REFERENCIAS

-Vasconcelos, José. “Ulises Criollo”. Ediciones Botas. México. 1935. Página 50.
-Eckermann, Joham Meter. “Conversaciones con Goethe”. UNAM. Colección Nuestros Clásicos. México. 2001. Página 38.

Cliquee en las imágenes para abrir el slideshow


José Vasconcelos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Estos fueron los objetos observados por Nicolás Roerich. ¿Algo similar sería lo presenciado por la familia Vasconcelos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Johann Wolfgang von Goethe.

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