“Ciencia Ficción: Única genuina droga que proporciona expansión a la conciencia”. Arthur C. Clarke. “La ciencia toca dogmas religiosos sólo en la medida en que la religión es materialista”. H. G. Wells. ¿Pueden llegar a algún punto de acuerdo creyentes, ateos y agnósticos? Los argumentos a favor de la existencia de Dios no han logrado su objetivo; todos ellos, desde el “argumento de la primera causa” hasta el “principio antrópico”, han sido contestados por agnósticos y ateos. Hoy todavía podemos citar a Bertrand Russell: “La objeción intelectual a la religión consiste en que no hay razón para suponer que hay alguna religión verdadera”.
Emile Durkheim escribió: “Se dice que la ciencia niega por principio la religión. Pero la religión existe; es un sistema de datos; en una palabra, es una realidad. ¿Cómo podría la ciencia negar una realidad?”. Siguiendo esta línea de pensamiento podemos decir que no es posible negar la existencia de un dios: el dios conceptual. Las pruebas de su realidad son múltiples: libros, esculturas, pinturas, edificios, etc. Ése es, tal vez, el punto de acuerdo entre creyentes, ateos y agnósticos. Y es que decir que Dios existe es hacer una afirmación irrefutable. ¿Qué es Dios? ¿Quién es el Todopoderoso? ¿A qué se refieren los creyentes cuando hablan del Altísimo? Varias cosas son necesarias para verificar o refutar una idea o afirmación de conocimiento. En primer lugar, la idea a contrastar debe ser clara. Y aquí tenemos el primer problema. No hay un solo concepto de dios. Por otro lado, una hipótesis debe hacer predicciones sobre fenómenos aún no observados. Pero ¿cómo hacer predicciones cuando no hemos dejado claro nuestro concepto? Todo esto lo saben los creyentes. Decía Tomás de Aquino: “Dios está muy por encima de todo lo que el hombre pueda pensar de Dios”. Para los creyentes, la deidad está más allá de todo entendimiento, el Omnipotente es tan complejo que jamás será comprendido por nuestras limitadas mentes. Si yo tuviera a un Dios al cual pudiera comprender, no lo consideraría un Dios. Sólo cuando la religión “dogmatiza sobre la naturaleza de las cosas” pueden refutarse o confirmarse las proposiciones. Pero ni siquiera refutar alguna característica de la deidad puede demostrar su inexistencia. En tal caso se modifica o refina el concepto de Dios. Y, en efecto, el dios-conceptual ha ido cambiando a través de la historia, cada creyente, cada filósofo o científico ha tenido su Dios. En vista de lo anterior, los creyentes pueden estar tranquilos, ni el más fino de los cabellos de Dios puede ser tocado por la ciencia. El Excelso está fuera del alcance de nuestro conocimiento. De cualquier manera, no dejaremos escapar las oportunidades de atrapar a Dios, capturar al Ser Supremo es algo más que un buen deporte, es una necesidad. ¡Mentira! Ni con el barro ni con la tierra es que los creamos. Jamás usamos la madera o el maíz para traerlos a la vida. Con la misma sustancia que compone nuestras pesadillas es que creamos a los dioses. La duda atenaza nuestra mente. Saber –o intentar saber– por qué, cuándo y de qué materia le dimos vida al Creador. El dios-conceptual no puede evitar ser puesto en la mesa de disección. Del dios que supuestamente existe (o que podría existir) se ocupan las religiones, mientras que del dios conceptual se ocupan los antropólogos, arqueólogos, psicólogos... y escritores de ciencia ficción. Dios ha muerto. Encontraron su cadáver en 2019, flotando en el espacio cerca de Alfa. El escritor de ciencia ficción como filósofo. El autor de cientificción como teólogo. En “La invasión divina”, Philip K. Dick relata lo que ocurre cuando la astronauta Rybys Rommey, quién está muriéndose de esclerosis múltiple, se percata de que está embarazada sin haber conocido varón (la religión tiene un lugar importante en la obra de Dick, algunos aficionados al género señalan que su obra pasó por tres etapas: la política, la metafísica y la mesiánica). Isaac Asimov se ocupó del tema en su relato “La última pregunta”. Robert Silverberg en “Tomás, el predicador”. Olaf Stapledon en “Hacedor de estrellas”. Theodore Sturgeon se ocupa de los asuntos espirituales en “Cuerpo Divino...”. Cada uno de estos autores ha enfocado el asunto desde distintas ópticas. Ray Bradbury sabe que en el corazón de muchos jóvenes existe un sueño especial. “No hay niño cristiano que no se pregunte alguna noche: ¿seré Él? ¿No será ésta al fin la Segunda Venida, y yo no seré Él? Dios mío, ¿y si yo fuera Jesús? ¡Qué maravilloso!”. Éste es el tema del que conversan en Marte algunos sacerdotes, pastores y un rabino. Sin embargo el padre Niven jamás deseó ser Jesucristo, él tenía otro deseo: “Sólo quería, con todo mi corazón, conocerlo. Desde los ocho años siempre pensé en eso. Quizá sea el principal motivo por el que me hice sacerdote”. Ninguno de los presentes lo sabía, ni en sus más locos sueños lo hubiesen podido imaginar. Esa noche no sería una más... al menos no para el padre Niven. “Llegó la medianoche y luego la una y las dos, y a las tres de la fría y profunda mañana de Marte el padre Niven se movió en sueños”. Algunos ruidos roban la tranquilidad del padre, quien se levanta y baja a la iglesia a revisar que todo esté en orden... Gotas de agua cayendo lo asustan... algún líquido caía en la pila bautismal. Niven comienza a sudar. Una forma, una figura hace que el padre se sienta fascinado y aterrorizado al mismo tiempo. Encuentra una explicación al sonido que instantes atrás lo había inquietado: una de las manos de aquella inesperada visita muestra una herida y la sangre cae a la pila bautismal. “Como si hubiera recibido un golpe terrible, sofocando un grito, el sacerdote cayó de rodillas, en parte por la desesperación y en parte por la revelación, tapándose los ojos con una mano y rechazando la visión con la otra... Era como si un espantoso dentista le hubiera puesto un narcótico y de un solo tirón le hubiese arrancado, sangrando, el alma del cuerpo. Sentía que le tiraban de la vida y las raíces. Ay Dios, eran... ¡profundas!”. Aquel visitante no es un desconocido para el padre: “Esos ojos extraños y hermosos y profundos y penetrantes, y la dulzura de la boca y la palidez enmarcada por los rizos sueltos de pelo y de barba eran como tenían que ser. El Hombre iba vestido con la sencillez de ropas que era natural en las costas y en el desierto de Galilea”. La Segunda Venida sucede al fin. Jesucristo no se ha olvidado del ser humano... y se presenta en el planeta rojo. -“Ahora que estás aquí, Dios mío querido, después de tantos años, de tantos sueños, no puedo perderte. Es pedirme demasiado, ¿no te das cuenta? ¡Dos mil años, toda una raza esperando tu regreso! Y soy yo el que te encuentra, el que te ve... -“Sólo encuentras tu propio sueño. Sólo ves tu propia necesidad. Detrás de todo esto –la figura se tocó las ropas y el pecho– soy otra cosa”. Y el padre Niven va dándose cuenta de la verdad. El día anterior, los noticiarios lo habían informado: “Según el rumor cerca del pueblo. Éste es el primer marciano del que se informa en nuestra comunidad en lo que va del año. Se recomienda a los ciudadanos respetar a este visitante”. Cuando la humanidad comienza a colonizar el planeta rojo, los habitantes de Marte simplemente se retiran. Los marcianos poseen poderes telepáticos y habilidades hipnóticas que les permiten andar por los pueblos engañando con máscaras y visiones a los habitantes. Después de este episodio, la vida del padre Niven se transforma por completo. Y de alguna forma, también la del marciano. “Divisó la silueta en la playa, a la distancia... Se puso de pie y se llevó la mano a los ojos para protegerse del resplandor del Sol... Por un momento tuvo la sensación... No, eso era imposible. No creía que fuesen a aprovecharse de ella con tanto descaro. Sin embargo, no pudo contenerse y echó a correr hacia él por la parte firme de la arena, junto a la orilla. El hombre estaba igual que en la última foto suya, feliz, lleno de energía, con la barba crecida luego de un día sin afeitarse. Ahogada en sollozos, se echó en sus brazos”. Cuando niña, Ellie Arroway perdió a su padre. Ahora, adulta, aún lo extraña. “No pasa un día sin que piense que sería capaz de renunciar a lo que fuere con tal de poder estar de nuevo unos minutos con mi padre. En la conversación cotidiana, puedo hablar de mi padre sin sentir más que... una leve punzada de dolor. Pero si realmente me pongo a evocarlo –digamos a rememorar su sentido del humor, esa pasión suya por la honradez–, se me viene abajo la fachada y me dan ganas de llorar su muerte”. En lo más profundo de su ser soñaba con verlo y continuar disfrutando de su compañía, de su cariño. “De niña aún, y hasta de joven, solía soñar que llegaba a él y le anunciaba que su muerte había sido un error, que en realidad estaba vivo. Pero esas fantasías le costaban caro, al despertarse luego en un mundo donde él ya no estaba”. Nunca hubiera imaginado que gracias a aquel mensaje enviado por unas inteligencias desconocidas, sus sueños podrían cumplirse. Los astrónomos, empeñados en la búsqueda de inteligencia extraterrestre, reciben la imagen de Hitler inaugurando los Juegos Olímpicos de 1936 junto a un mensaje. “En opinión de Ellie, el mensaje era una suerte de espejo en el cual cada persona veía confirmadas o desafiadas sus creencias... El fanatismo, el temor, la esperanza, el ardiente debate, la oración callada, la generosidad ejemplar, la intolerancia estrechas de miras y la necesidad profunda de nuevas ideas, todo era como una epidemia que recorría febrilmente la superficie del minúsculo planeta Tierra...”. En realidad se trataba de las instrucciones para construir una máquina. ¿Para qué serviría aquel artefacto? Las esperanzas y temores de la humanidad no tardaron en aparecer. “Hemos recibido una invitación muy singular. Quizá sea para asistir a un banquete. Nunca se ha invitado a la Tierra a concurrir a un banquete. Rechazar la invitación sería una descortesía”. A pesar de los temores en el sentido de que aquel aparato pudiese ser peligroso para la humanidad, el proyecto obtuvo luz verde. “Se demoraron años; fue un sueño de la tecnología y una pesadilla para la diplomacia, pero finalmente se logró construir la Máquina”. Y ahora ahí estaba Ellie, en una playa de un mundo lejano, caminando con su padre. “La voz era exacta, tal como la recordaba. También el porte, el aroma, la risa, el roce de su barba contra su mejilla. Todo junto contribuyó a hacerle perder el aplomo. Ellie tuvo la sensación de que se descorría una imponente roca y entraban los primeros rayos de luz en una tumba antigua, casi olvidada. Tragó saliva y procuró dominarse, pero la enorme angustia que la conmovía le provocó otro acceso de llanto. Él le dio tiempo para reponerse, dirigiéndole la misma mirada tranquilizadora que recordaba haber visto en su rostro al pie de la escalera aquel día en que por primera vez ella se atrevió a emprender el temible descenso sin ayuda de nadie. Lo que más había añorado era poder volver a verlo, pero siempre reprimió su anhelo dado lo imposible de llevarlo a cabo. En ese momento, en cambio, lloraba por todos los años que los habían separado... lo tenía consigo, y no era un sueño ni una aparición, sino un ser de carne y hueso... o algo semejante. La había llamado desde el cosmos, y ella había acudido a la cita”. Pero, ¿se trataba de Ted Arroway? “Lo abrazó con todas sus fuerzas. Sabía que era un truco, una construcción, pero excelente. Por un momento lo tomó de los hombros y lo apartó de sí para mirarlo mejor. Estaba perfecto. Era como si su padre, muerto muchos años atrás, hubiera ido al cielo, y por último –por una vía tan poco ortodoxa– ella lograse volver a reunirse con él. Llorando, lo estrechó de nuevo entre sus brazos. Más de un minuto demoró en calmarse... Enjugó sus lágrimas, riendo y llorando al mismo tiempo”. Al igual que en “El Mesías”, los extraterrestres que imagina Carl Sagan en su novela “Contacto”, toman la forma que creen más conveniente para comunicarse (a fin de cuentas Ellie “sentía en lo profundo de su ser un rechazo instintivo por los insectos, los topos y las serpientes. Era de esas personas que se estremecen –peor aún, que sienten asco– cuando se ven frente a seres humanos hasta con la más leve malformación”), y logran hacerlo después de indagar en la mente de sus interlocutores. “Lo logran a través de los sueños. Anoche, cuando dormíamos, ustedes se hallaban dentro de nuestra mente, ¿verdad? Y así pudieron extraernos todo lo que conocemos”. ¿Son los dioses de las antiguas mitologías visitantes del espacio? Erich von Däniken y compañía toman esas ideas de los relatos de ficción científica. Se cumple aquello que asegura nuestro amigo Héctor Chavarría: “Nada hay en la ufología que no haya sido presentado antes por la ciencia ficción”. Entrar en contacto con los dioses es una experiencia mística. Y el contacto que narra Sagan es, precisamente, místico. Ellie Arroway es una agnóstica: “No hay pruebas contundentes de que Dios existe, o no”. De joven, para evitar conflictos con su madre y su padrastro, acepta ingresar a un grupo de estudios bíblicos; al poco tiempo, debido a su mente indagadora y a su poco interés en aceptar respuestas fáciles, lo abandona. Posteriormente, cuando ya es astrónoma, debate con Palmer Joss, un fundamentalista con cierta popularidad. Joss tiene una visión del mundo que Ellie considera equivocada. Quién podría imaginar que su “enemigo” llegaría a ser su aliado. Pero el interés de Ellie Arroway en la astronomía tiene mucho de sobrenatural. Entendiendo por sobrenatural “el asombro absoluto”. Compara sus sentimientos con los de los creyentes: “Si lo más significativo de la religión es el poder percibir lo sobrenatural, ¿quién te parece más religioso? ¿El partidario de las religiones burocráticas o el que se aboca al estudio de las ciencias?”, le pregunta Ellie a su novio, a lo que éste responde: “Es sábado a la tarde, y hay una pareja desnuda, tendida en la cama, leyendo la Enciclopedia Británica, discutiendo sobre si la galaxia Andrómeda es más ‘sobrenatural’ que la resurrección. ¿Saben ellos cómo pasar un buen momento, o no?”. Y es que Ellie se da cuenta de que la naturaleza es tan extraordinaria que no es necesario inventar historias fantásticas para lograr el asombro: “La ciencia y la religión se basan en el asombro, pero pienso que no es necesario inventar historias; no hay por qué exagerar. El mundo real nos proporciona suficientes motivos de admiración y sobrecogimiento. La naturaleza tiene mucha más capacidad para inventar prodigios que nosotros”. De esta manera le da la razón a Albert Einstein: “Sostengo que el sentimiento religioso cósmico es la motivación más fuerte y noble para la investigación científica”. La manera en que los extraterrestres se comportan y se expresan de los seres humanos les hace aparecer como dioses. Ellie se entera de los proyectos intergalácticos. Los seres humanos, algún día, podrían llegar a participar en ellos. “El universo se expande, y no hay en él suficiente materia como para frenar la expansión. Después de un tiempo ya no hay otras galaxias, estrellas, planetas, ni nuevas formas de vida... sólo lo mismo de siempre. Todo va a agotarse y resultará aburrido. Por eso, en Cygnus A estamos poniendo a prueba la tecnología para producir algo novedoso, que podríamos denominar un experimento en remodelación urbana”. Estamos ante los dioses. “Existía una jerarquía de seres en una escala que ella jamás imaginó. Sin embargo la Tierra tenía su lugar, un puesto clave en dicha jerarquía”. Pero los dioses no son los responsables de todo... “las estaciones de tránsito” son un misterio. Ellie desea preguntar sobre lo que siempre la ha inquietado... ¿tienen mitos?, ¿creen en Dios? ¿Hay algo que cause sobrecogimiento en los creadores de lo sobrenatural? Y el mensaje le es dado: los números irracionales encierran un mensaje. Ellie escucha lo que se encuentra al avanzar en el cálculo de pi... algo extraño sucede conforme los dígitos son calculados. Cuando se llega a diez a la vigésima potencia, el misterio hace acto de aparición. Los números fortuitos se esfuman, y durante un período increíblemente prolongado se obtiene sólo una larga serie de unos y ceros, después esta secuencia se interrumpe y se vuelve a la secuencia de números al azar... ¿Qué es lo que dice el mensaje de pi?, pregunta Elli, y le responden con un “no lo sabemos”. El regreso comienza. “Qué teológicas se habían vuelto las circunstancias. Había habitantes del espacio, seres tremendamente poderosos e inteligentes, preocupados por nuestra supervivencia, que observaban nuestro comportamiento. Pese a que reniegan de desempeñar ese papel rector, es obvio que tienen la facultad de decidir sobre la vida y la muerte, la recompensa o el castigo de los insignificantes pobladores de la Tierra. ‘Y esto’, se preguntó, ‘¿en qué se diferencia de la antigua religión?’. En el acto comprendió la respuesta: era cuestión de pruebas. En los videotapes, en los datos recogidos por sus compañeros, habría testimonios fehacientes de que existía la Estación, del sistema de tránsito del agujero negro. Habría cinco relatos independientes, que se corroborarían unos a otros, respaldados por pruebas físicas contundentes. Sería algo concreto, no rumores ni fórmulas mágicas”. Pero Ellie se adelanta, no sabe lo que ocurrirá. El contacto de aquellos aventureros y el contacto que logran los místicos con lo sagrado será más parecido de lo que imagina. Cuando salen de la Máquina, Ellie pregunta a uno de los involucrados en el proyecto “desde tu perspectiva, ¿qué fue lo que ocurrió?”. “Nada” es la respuesta que por el momento no le parece importante. La experiencia de los viajeros es puesta en duda y son obligados a callar. Simplemente la Máquina no había funcionado. De igual forma, las experiencias de los místicos son puestas en duda. ¿Cómo saber si los místicos realmente se comunican con la deidad? ¿Cómo saber si Ellie y los otros que subieron a la Máquina realmente contactaron con los extraterrestres? Philip K. Dick muestra cómo podemos distinguir un contacto real de una simple alucinación. Después de encontrarse con Dios, Amacaballo Fat –su alter ego– “desarrolló un amor por él que no era normal. No consistía en lo que habitualmente se entiende cuando se dice que alguien ama a Dios. En el caso de Fat se trataba sencillamente de hambre. Y lo que es todavía más extraño, nos explicaba que Dios lo había herido y, sin embargo, seguía anhelándolo como un borracho anhela la bebida. Dios, nos dijo, le había disparado un rayo de luz rosa directamente a la cabeza, a los ojos...”. ¿Aquello era real? No podía ser de otra manera. Después de ser tocado por el rayo de luz rosa supo cosas que nunca había sabido antes. “Específicamente supo que su hijo de cinco años padecía de un defecto de nacimiento que no había sido diagnosticado y supo en qué consistía dicho defecto hasta en sus menores detalles anatómicos. De hecho, supo hasta los detalles específicos para informar al doctor”. Así es como Fat logró salvar la vida de su hijo. “Fue una suerte que lo hubieran descubierto a tiempo”, dijo el médico. Entonces lo importante está en el mensaje. ¿Qué te dijeron los dioses?, ¿qué te revelaron los extraterrestres?, ¿hay información que pueda corroborar tu historia? Ése era el reto que tenía frente a sí Ellie Arroway. “No somos injustos. Si usted consigue una prueba concreta, convincente, la respaldaremos cuando le dé publicidad. Vamos a decir que le hemos pedido no dar a luz su historia hasta no estar absolutamente seguros... lo mejor es obtener la prueba, si puede”. Palmer Joss se convierte en el aliado de la astrónoma. “No sé qué te sucedió en esa Máquina, pero a lo mejor te sirvió para cambiar”, le dice su “padrastro”. Y ésta es otra similitud con las experiencias místicas: todos aquellos que las tienen ven transformada su vida. Al analizar pi, Arroway encuentra lo que siempre había buscado y logra descifrar el mensaje, percatándose de que “el universo había sido creado ex profeso. En la textura del espacio y en la naturaleza de la materia, al igual que en una gran obra de arte, siempre figura, en letras pequeñas, la firma del artista. Por encima del hombre, de los demonios, de los Guardianes y constructores de Túneles, hay una inteligencia que precede al universo”. Dios está presente a lo largo de la novela de Sagan. Pero es un dios de leyes universales exclusivamente, un dios dedicado a un negocio mayorista, no al por menor; un dios que no adapta sus procesos a la conveniencia de cada individuo. En “Contacto” la comunicación con los extraterrestres es una experiencia mística. Arthur C. Clarke también se ha ocupado de la religión en diferentes escritos. En “El fin de la infancia”, Arthur narra la llegada a la Tierra de los Superseñores (extraterrestres con forma de demonios), y cómo, gracias a la tecnología que utilizan, revelan el verdadero origen de las religiones: “Ahí estaban –vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores– los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. Casi todas eran nobles e inspiradoras... pero eso no bastaba. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres. La humanidad había perdido sus antiguas divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos”. Clarke imagina en “La estrella” que un jesuita es el comandante de una nave que se dirige a la nebulosa del Fénix. La tripulación debe estudiar aquella catástrofe: “Naturalmente, sabíamos lo que era la nebulosa del Fénix. Cada año, sólo en nuestra galaxia, estallan más de un centenar de estrellas: brillan durante algunas horas o días con una intensidad millones de veces superior a la normal, antes de regresar a la muerte y a la oscuridad”. Al llegar a su destino, descubren un planeta girando en torno a la estrella. “Debía tratarse del Plutón de aquel desconocido sistema solar, orbitando en las fronteras de la noche demasiado lejos del sol central para haber conocido nunca la vida, y cuya lejanía lo había salvado del destino de sus compañeros perdidos”. Lo que a continuación encuentran perturba el alma de los viajeros y hace que el jesuita se conmueva. “Una civilización que estaba a punto de morir había jugado su última baza para ganar la inmortalidad... Llevaron a aquel lejano mundo, en los días antes del fin, todo aquello que deseaban conservar, todos los frutos de su genio, esperando que alguna otra raza los hallase y no fuesen absolutamente olvidados”. Aquella civilización maravilla a aquellos hombres: “Sus mundos eran encantadores, sus ciudades estaban edificadas con una gracilidad que se puede comparar con lo mejor que nosotros tenemos. Los hemos contemplado trabajando y disfrutando, y escuchado su musical lenguaje sonando a través de los siglos. Aún tengo ante mis ojos una escena: un grupo de niños en una playa de extraña arena azul, jugando con las olas tal como lo hacen los niños de la Tierra. Y, hundiéndose en el mar, aún cálido y amistoso y dador de vida, se ve el sol que pronto se convertirá en traidor y aniquilará toda aquella felicidad inocente”. Pero, ¿qué es exactamente lo que aturde al jesuita? Él mismo admite haber visto los restos de otras civilizaciones, y después de todo, sus colegas “dirán que el universo no tiene propósito ni plan, y que algo así como un centenar de soles estalla cada año en nuestra galaxia, y que en este mismo momento alguna raza está muriendo en las profundidades del espacio. El que esta raza haya obrado bien o mal durante su vida no importa al fin: no hay justicia divina, pues no hay Dios”. El comandante no piensa así: “Dios no tiene necesidad alguna de justificar sus acciones ante el hombre. Él, que ha creado el universo, puede destruirlo cuando lo desee. Es pura arrogancia, y se acerca mucho a la blasfemia, el tratar de decirle lo que puede o no puede hacer”. El jesuita sabe, ha hecho los cálculos, ha estudiado el asunto, y no hay duda al respecto... es por ello que su fe recibe un golpe demoledor. El jesuita ha logrado fechar con exactitud el momento de la explosión –¿del genocidio? –. “Sé en qué año la luz de aquella colosal detonación llegó a la Tierra. Sé cuán brillantemente la supernova cuyo cadáver se va empequeñeciendo tras nuestra nave que acelera iluminó en otros tiempos los cielos de la Tierra. Sé cómo debió haber aparecido, muy baja sobre el horizonte del este, antes del amanecer, como un faro en aquella alba oriental. No cabe duda alguna: al fin ha quedado resuelto el antiguo misterio. Y, sin embargo, ¡oh, Dios!, había tantas estrellas que podrías haber usado. ¿Qué necesidad había de lanzar a ese pueblo al fuego, para que el símbolo de su fin brillase sobre Belén?”. RELIGIONES Y PSIQUIATRÍA ¿Qué tan cerca de los trastornos psiquiátricos están las creencias religiosas? ¿Son –en sí mismas– las creencias religiosas una psicopatología? Según escribe el neurólogo Andrew Newberg, hasta 1994 la Asociación Americana de Psiquiatría clasificó oficialmente como un trastorno mental a “la creencia religiosa intensa”, aunque “la información reciente indica que las creencias y las prácticas religiosas pueden mejorar la salud mental y emocional de varias maneras importantes”. Newberg establece diferencias entre los místicos y los sicóticos: “Los sicóticos en los estados alucinatorios frecuentemente tienen sentimientos de grandiosidad religiosa y de una importancia egoísta inflada. Por ejemplo, se ven como emisarios de Dios, benditos con un mensaje importante para el mundo o con el poder espiritual de sanación. Sin embargo, los estados místicos suelen incluir una pérdida del orgullo y del ego y un proceso de aquietar la mente y de vaciarse de uno mismo: todos los pasos necesarios para que el místico pueda convertirse en un receptáculo adecuado para Dios. No creemos que las experiencias místicas genuinas se puedan explicar como resultado de las alucinaciones epilépticas o, en este caso, como productos de otros estados alucinatorios espontáneos desatados por las drogas, la enfermedad, la fatiga física, el estrés emocional o la privación sensorial. Las alucinaciones, sin importar su fuente, simplemente no son capaces de dotar la mente con una experiencia tan convincente como la de la espiritualidad mística”. En “3001, Odisea final”, Arthur C. Clarke reflexiona sobre lo anterior. El capítulo 19 se titula “La locura de la humanidad”. En él se desarrolla una plática entre Poole y el doctor Theodore Khan. -Puede ser que haya oído que se me llama ateo –dice Khan–, pero eso no es absolutamente cierto. El ateísmo no se puede probar; es algo tan carente de interés. No importa cuán poco factible sea, nunca podemos estar seguros de que Dios no haya existido... y que ahora se haya lanzado hacia el infinito, donde nadie puede encontrarlo siquiera... Al igual que Gautama Buda, no tomo posición en este tema. Mi campo de interés es la psicopatología a la que se conoce como religión. -¿Psicopatología? Ése es un juicio duro. -Ampliamente justificado por la historia. Imagine que usted es un extraterrestre inteligente, al que sólo le interesan las verdades comprobables. Descubre una especie que se autodividió en miles... no, para este momento, millones de grupos tribales que sostienen una increíble variedad de creencias sobre el origen del universo y el modo de comportarse en él. Aunque muchos de ellos tienen ideas en común, aun cuando existe una superposición del 99 por ciento, el uno por ciento restante es suficiente para que se dediquen a matarse y torturarse los unos a los otros por cuestiones doctrinarias triviales, por completo desprovistas de significado para los de afuera. ¿Cómo explicar una conducta tan irracional? Lucrecio dio en el clavo cuando dijo que la religión era el subproducto del miedo, la reacción ante un universo misterioso y, a menudo, hostil. Durante mucho de la prehistoria humana puede haber sido un mal necesario, ¿pero por qué era tanto más mal que necesario, y por qué sobrevivió cuando ya no era necesario? Dije ‘mal’, y es exactamente lo que quiero decir, porque el miedo lleva a la crueldad. El conocimiento más escaso que se tenga de la Inquisición hace que uno se sienta avergonzado de pertenecer a la especie humana... Uno de los libros más repulsivos que se haya publicado jamás fue ‘El martillo de las brujas’, escrito por un par de pervertidos sádicos y que describe las torturas que autorizó la Iglesia... ¡que alentó!... para arrancar “confesiones” de miles de viejas, antes de quemarlas vivas... ¡el mismo Papa escribió un prólogo aprobatorio! Pero la mayoría de las demás religiones, con unas pocas excepciones honorables, fue tan mala como el cristianismo... Quizás el aspecto más desconcertante de todo este asunto es de qué modo los locos, siglo tras siglo, proclamaban que ellos, ¡y solamente ellos!, habían recibido mensajes de Dios. Si todos los mensajes hubieran coincidido, eso habría resuelto la cuestión pero, claro está, eran salvajemente discordantes, lo que nunca impidió que los autoproclamados mesías congregaran miles, a veces, millones, de adherentes, los que luchaban hasta la muerte contra creyentes igualmente alucinados en una fe que difería en detalles microscópicos... -¿Usted sostendría, entonces, que cualquiera que tuviera fuertes creencias religiosas estaba loco? -En un sentido estrictamente técnico, sí... si es que se trata de alguien realmente sincero y no de un hipócrita. Tal como sospecho que lo era el 90 por ciento. -El único genio verdadero que conocí jamás fue el doctor Chandra, que dirigió el proyecto HAL. Una vez tuve que entrar en su oficina: no hubo respuesta cuando golpeé la puerta, y creí que el doctor no estaba. Le estaba rezando a un grupo de fantásticas estatuitas de bronce, todas cubiertas con flores. Una de ellas parecía un elefante... otra tenía una cantidad de brazos mayor que la normal... Me sentí muy avergonzado pero, por fortuna, no me oyó y salí de ahí en puntas de pie. ¿Diría usted que Chandra estaba loco? -Usted eligió un mal ejemplo: ¡los genios a menudo lo están! Así que digamos: no loco, pero mentalmente debilitado a causa del acondicionamiento recibido en la niñez. Al final de la novela, Clarke abunda en los temas tratados; en algunas consideraciones se muestra exagerado, por ejemplo: “El ejemplo más llamativo –y lamentable– de hombre brillante cuyas creencias lo convirtieron en un lunático digno del chaleco de fuerza, es el de Conan Doyle; a pesar de que es interminable la cantidad de veces que se reveló que sus psíquicos favoritos eran un engaño, su fe en ellos permaneció incólume...”. Recordemos que Doyle era un convencido del espiritismo, y consideraba que había evidencia suficiente para aceptar la existencia de las hadas. Clarke, fuera de su literatura fantástica, especula acerca de la evolución que sufrirá el concepto de Dios: “Dios personal que vigila la vida de cada ser viviente, que recompensa el bien y castiga el mal: Alfa. Luego viene el Dios que ha creado el universo y que puede intervenir o no sobre éste: Omega. Aun en la era espacial habrá naciones en las cuales los niños serán ejecutados porque sus padres han adoptado otra religión que no es la de Alfa, la religión del estado. Felizmente para la humanidad, Alfa caerá en desuso a mediados del tercer milenio y será reemplazada por un concepto fascinante: la teología estadística, que regula el problema del Mal... Pero será a finales del siglo XXI cuando las nuevas tecnologías probarán que el universo no obedece más que a las leyes de las probabilidades matemáticas, sin el menor rastro de intervención divina. Al no existir más Dios, todas las religiones, con su cortejo de supersticiones, se convierten en algo más nefasto que benéfico. Queda Omega, el creador de todo”. Comentaba que Andrew Newberg asegura poder establecer una diferencia entre una alucinación y un estado místico genuino; para Newberg basta con ver si los mensajes son o no agresivos. Parte de esta agresión tendría su origen en identificar a los dioses o al dios cognoscible y personal con el Dios trascendente e inefable. “Los místicos casi siempre describen sus experiencias como extáticas y dichosas, y la unidad espiritual que afirman lograr suele definirse usando palabras como serenidad, integridad, trascendencia y amor. Por otra parte, los sicóticos son frecuentemente confundidos y terriblemente asustados por sus alucinaciones religiosas. Las cuales tienden a una naturaleza altamente perturbadora y a menudo incluyen la presencia de un Dios enojado y reprobador”. Newberg continúa con las diferencias: los sicóticos creen tener un gran mensaje y aseguran tener la verdad, se ven como emisarios de Dios; los místicos no suelen ser egoístas y comparten sus experiencias de manera coherente. Newberg nunca propone que pudieran existir diferentes tipos de alucinaciones. De cualquier forma, si hacemos caso a estos conceptos, las religiones resultarían ser el producto de sicóticos y no de místicos. Los libros revelados contienen mensajes perturbadores y nos presentan a un Dios “enojado y reprobador”. Sobre lo anterior podemos citar a Thomas Paine. Paine amaba a Dios, de eso no puede dudarse, y sobre la revelación escribió: “Al leer las historias obscenas, el voluptuoso desenfreno, las crueles ejecuciones y torturas, la insaciable venganza con la que está plagada más de la mitad de la Biblia, resultaría más consistente que la llamáramos la palabra del demonio que el mundo de Dios. Es una historia de maldad que ha servido para corromper y embrutecer a la humanidad: por mi parte la detesto profundamente como detesto cualquier crueldad, rara vez encontramos algo que no merezca nuestro aborrecimiento y desprecio... Para leer la Biblia sin horrorizarnos debemos destruir todo lo que hay de tierno, comprensivo y benévolo en el corazón del hombre... ¿Qué hemos aprendido de esta supuesta religión revelada? Nada útil al hombre y todo lo deshonroso al creador. ¿Qué nos enseña la Biblia? Rapiña, crueldad y crimen”. Tal vez sea posible establecer contacto con la deidad. Tal vez Newberg esté en lo correcto y algunos mensajes sean auténticos. Es posible que en ocasiones la comunicación sufra de algún percance. No podemos pensar que se trate de una falla en la transmisión (a menos que Dios sea imperfecto) sino en la recepción del código. Las falsas revelaciones serían sólo ruido, tal vez algunas mentes sean incapaces de recibir de forma correcta los mensajes, es posible que la información equivocada tengan su origen en algunas neuronas defectuosas o en algunas redes neuronales imperfectas, ¿los místicos son dueños de un sistema nervioso central adecuado para lograr el contacto? Y tal vez la ciencia y la tecnología lleguen al punto de permitir la comunicación directa con Dios, o al menos sin que tengamos que depender de los imperfectos cerebros de nuestros congéneres. Podríamos entonces entender mejor la mente del Altísimo. Sus planes y deseos llegarían sin modificación hasta nuestros oídos. Y al mismo tiempo podríamos estar seguros de que nuestras oraciones han llegado hasta su morada. Ben Tallchief recurre a la tecnología para comunicarse con Dios. Tallchief había enviado una plegaria sencilla: “Su trabajo lo aburría como siempre, así que la semana anterior había ido hasta el transmisor de la nave y había añadido conductos a los electrodos permanentes que salían de su glándula pineal. Los conductos habían llevado su plegaria al transmisor, y desde allí la plegaria había pasado a la red repetidora más próxima; su plegaria había rebotado por la galaxia hasta llegar –eso esperaba él– a uno de los mundos deíficos”. Tallchief pide un empleo más estimulante y creativo. Específicamente se dirige al Intercesor, una de las tres personas que conforman a la Divinidad. Las otras dos son el Caminante y el Mentufactor. “Dios no es sobrenatural. Su existencia fue la primera modalidad del ser que se autoconstituyó, y la más natural.” El profeta A. J. Specktowsky logra muchas respuestas –como la anterior– y las pone al alcance del público en su libro “Cómo me levanté de entre los muertos en mi tiempo libre y también usted puede hacerlo”. Este libro es “capaz de guiar a cualquiera y en todo momento”. Esto sucede en “Laberinto de muerte”. Philip K. Dick desarrolla “un sistema abstracto y lógico de pensamiento religioso, a partir del postulado arbitrario de que Dios existe”, y en ello basa su novela. En este mundo K. Dick nos explica por qué Dios no responde a todas las oraciones, por qué a veces parece que el Creador nos ha abandonado: “No tengo fe en las palabras que no se amplifican electrónicamente. Hasta Specktowsky lo admitió. Para ser efectiva, una plegaria se debe transmitir electrónicamente por la red de mundos deíficos y llegar así a todas las Manifestaciones”. Pero el hombre no ha logrado hasta ahora su objetivo: comprender la esencia del inventor de la realidad. No hemos logrado atenazarlo, desmenuzarlo, desmembrarlo y estudiar cada una de sus partes. Hasta ahora los esfuerzos han resultado inútiles. Antropólogos, psicólogos, filósofos y cienciaficcioneros han utilizado sus mejores armas, pero la Deidad Única, Verdadera y Viviente ha escapado a nuestro entendimiento. ¿Lograremos algún día capturar al Ser Supremo? ¿Contaremos en algún momento con la tecnología necesaria para aprisionar a la Divina Majestad? ¿Seremos capaces –algún día– de atrapar a Dios? El Magallanes es una nave de guerra cuya misión es descubrir quiénes son los auroranos. A bordo de la nave viajan representantes de los diferentes bandos, la humanidad aún se pregunta si Dios realmente existe. Los auroranos son una civilización con creencias religiosas. Error. Los auroranos son los Hijos de Dios. Bueno, todos somos hijos de Dios, ¿cierto? Pero los auroranos creían literalmente ser Hijos de Dios. “Mírelo así, su teología, que a todo esto es, al mismo tiempo, su religión, su política y su arte, dicen que eran niños, niños divinos que crecerían... ¡Hijos de Dios que serían Dios al crecer! ¡Herejía!”. La humanidad no logrará el contacto: “Una de las estrellas del sistema binario de Aurora estalló. Todos los planetas fueron arrasados. Llegaremos en unos días, llegaremos tarde”. La Magallanes llega al tercer planeta, el lugar donde es posible revisar los restos de aquella civilización... Y descubren la verdad, y la verdad es perturbadora. “Los auroranos habían hecho estallar uno de sus soles con el único fin de usar su energía en el Tercer Planeta. La nova no fue un accidente sino una acción premeditada”. El Tercer Planeta es... ¡¡una blasfemia tecnificada!! El Tercer Planeta “es una trampa, señor. Es una trampa para atrapar a Dios. Dios es mensurable, luego entonces puede ser tocado, puede tener una existencia real y no dejar de ser Dios. Puede ser atrapado”. De funcionar la máquina de los auroranos, Dios podría ser aprisionado en cualquier momento... El tiempo hará que el verdadero propósito de la trampa sea descubierto. La Cuna, la Matriz Primera nos proporcionará la respuesta tan buscada. La duda dejará de existir. La incertidumbre carecerá de lugar en el universo. Al menos en el universo creado por José Luis Zárate en La Luz. Pero en nuestro universo las dudas, los argumentos, las investigaciones y la literatura continuarán. A través de diferentes disciplinas (psicología, antropología, neurociencias, memética...) intentaremos hacer lo necesario para conseguir un fragmento del Responsable del Cosmos. No descansaremos hasta poner en un microscopio un trozo del Creador. Nuestra búsqueda de Dios no se detendrá. - - - |