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Kammerer y el Sapo Partero
O como un sapo con un poco de tinta china cimbró la ciencia de la evolución 
publicado en 11/07/2006

Autor: Kentaro Mori

Existe una leyenda japonesa que dice que una especie de mono sin cola se hizo así porque, en una época, engañado por un zorro elegante, intentó pescar en las aguas de un río congelado usando su propia cola. Después de esperar la noche entera, finalmente sintió un gran peso, pero al tirar con toda su fuerza, descubrió que era su cola que se había congelado. Con el tirón, la cola terminó por caer, y desde entonces sus descendientes nacen sin cola. 

En biología, esta idea folklórica de que el uso o desuso de los órganos puede ser transmitido directamente a las generaciones siguientes acabó recibiendo el nombre de “herencia de las características adquiridas”, e incorporada por el naturalista francés Jean Baptiste-Lamarck, fue la primera propuesta científica de la evolución de las especies. Sin embargo, todas las tentativas de observar o inducir directamente tal herencia fallaron. En la década de 1880 el biólogo August Weismann cortó cruelmente la cola de mil 592 ratones a lo largo de 22 generaciones, sólo para constatar que ninguno de ellos comenzó a nacer sin cola, o con una cola más corta. La leyenda japonesa del mono sin cola fue seriamente sacudida. 

Bien, para decir verdad no todas las tentativas fallaron. Al principio del siglo XX el biólogo austríaco Paul Kammerer afirmó haber probado experimentalmente el lamarckismo, agitando a la comunidad científica ya inclinada a favor de las ideas posteriores de Charles Darwin. Aunque fueron vistos con escepticismo por los científicos, los experimentos de Kammerer fueron saludados con furor por los medios –“The New York Times” de junio de 1923 hablaba de su éxito en “donde Darwin había fallado”, y sus conferencias en Europa y los Estados Unidos fueron recibidas con mucho entusiasmo. 

Nacido en Viena en 1880, en la época en que Weissman estaba cortando las colas de los ratones, a la vuelta del siglo Paul Kammerer ingresó a la Academia de Viena para estudiar música. Pero acabó graduándose como biólogo, en el famoso Instituto de Biología Experimental, donde no sólo se mostró como un eximio cuidador de acuarios, sino que también realizó experimentos que lo harían mundialmente famoso. El que se hizo más conocido eventualmente lo llevaría a su ocaso y a la obliteración de su nombre en la historia de la ciencia, llevándose el poco apoyo científico que aún existía para el lamarckismo. Fue el experimento realizado con el sapo partero. 

La mayoría de los sapos se aparean en el agua, pero el sapo partero –Alytes obstetricans, llamado así porque el macho carga por semanas los huevos fertilizados– se aparea en tierra firme. Kammerer decidió forzarlos a aparearse en el agua, aumentando la temperatura del acuario, para observar lo que ocurría. Después de mucho esfuerzo, reportó un resultado notable: los sapos desarrollaron protuberancias nupciales. Estas pequeñas protuberancias oscuras en las patas permiten que los machos se agarren mejor de las hembras durante el apareamiento acuático. Sin embargo lo más importante es que también reportó que las nuevas generaciones de sapos comenzaron a nacer con las protuberancias. Como en la leyenda japonesa del mono sin cola, una característica adquirida estaría siendo transmitida directamente a los descendientes. 

Con la Primera Guerra Mundial y la falta de recursos, Kammerer tuvo que abandonar el Instituto, y después de la guerra, todo lo que quedó de su experimento más famoso fue un sapo partero conservado en alcohol. Pero él comenzó a dar conferencias por Europa y Estados Unidos divulgando sus notables resultados. 

Entonces en 1926 cayó la bomba: cuando Gladwyn Noble, del Museo Americano de Historia Natural, revisó el espécimen conservado de Kammerer, no encontró ninguna protuberancia nupcial. En su lugar vio mucha tinta china dando coloración a la pata. Al publicar su hallazgo en la revista “Nature”, Kammerer fue acusado de cometer el peor acto que un científico puede cometer: un fraude. 

En esa época, Kammerer había sido invitado por la Universidad de Moscú y estaba preparando su viaje. Al saber la revelación de Noble, escribió una carta de defensa a la Academia de Ciencias Soviética en donde admitía el fraude, pero no confesaba haberlo hecho. Escribió que sospechaba quién era responsable, sin decir su nombre. Trágicamente, poco después se suicidó, en parte también por otras razones, incluyendo un desengaño amoroso. 

Después de la muerte de Kammerer, el lamarckismo fue abandonado por la ciencia occidental, en donde el darwinismo y la genética alcanzaban cada vez más éxito. Sin embargo, en la Unión Soviética la “herencia de las características adquiridas” aún sería promovida por un campesino llamado Trofim Lysenko, que prometió a Josef Stalin multiplicar la producción de alimentos. Aquí también los resultados fueron desastrosos, pero no sólo para una persona: sin resultados, la biología soviética acabó atrasándose décadas en relación con la biología occidental. Le faltó un sapo partero con tinta china.

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Jean Baptiste Lamarck


Paul Kammerer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Trofim Lysenko

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