La noticia se extendió como reguero de pólvora a principios de los pasados noventa. Los campos de trigo de Inglaterra amanecían surcados por misteriosas figuras geométricas. Desde el aire, algunas de ellas se veían francamente espectaculares. Círculos espirales, dobles hélices, etcétera, todo era tan bello y enigmático… parecía que estábamos ante un alfabeto telúrico y espacial. La Tierra –o seres que venían de lugares lejanos a ella– nos hablaba a través de este elocuente mensaje críptico. Naturalmente, la explicación popular no iba por la senda de un fenómeno natural, o no al menos de un fenómeno conocido… Las fotografías provenientes de Inglaterra inundaron los medios de todo el orbe. Se comenzó a hablar de ellas en el mundo ufológico, incluso se acuñó el término crop circles, y ya sabemos que, mediáticamente, existe lo que tiene un nombre. De cualquier modo, la asociación con el fenómeno OVNI fue rápida, hegemonizando las interpretaciones mágicas del enigma. Porque, esta vez, había algo concreto. Se sucedían las sorpresas. Los crop circles indicaban por sí solos que algo nuevo estaba ocurriendo, ora en nuestra morada terrestre o en los cielos. Y junto a las especulaciones insólitas surgió un nuevo tipo de especialistas, los detectives de los crop circles. De hecho, los investigadores Pat Delgado y Colin Andrews se hicieron mundialmente famosos como los expertos más reputados en el tema, el de los “testimonios circulares” (que así se llama, precisamente, el libro que les publicó en español la editora Tikal). Que el asunto era curioso y muy intrigante, bueno, eso no puede negarse. ¿Qué extraño fenómeno, natural o sobrenatural, podía hallarse en el origen de esas manifestaciones? Por cierto, en el ámbito “circulógico” (que era el mediador y filtrador oficial de las noticias) se descartaba de plano la intervención humana. “Son demasiados, muy grandes y perfectos, distribuidos en un radio muy amplio del territorio inglés como para que puedan ser unos artistas anónimos”, se contraargumentaba a las dudas de los escépticos. Lo que siempre quedaba en la retina, inmune a las polémicas, eran las figuras trazadas en las llanuras y los campos de cultivo. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, la extraña –y perfecta– esfera de Beckampton, en 1990? ¿O los círculos concéntricos de Upton Scudacnore, del mismo año? ¿O los impactantes insectogramas aparecidos en 1991, nada menos que en la “cabalística” Stonehenge? Por cierto, los crop circles también llamaron la atención de algunos científicos. En efecto, el físico atmosférico Terence Meaden era uno de los que no creía que el asunto fuera una simple tomadura de pelo. Meaden, entusiasmado ante la posibilidad de un descubrimiento bombástico, creyó que se trataba de un fenómeno desconocido, el “plasma vórtice”, un pariente próximo de los tornados. Obviamente, esta explicación no satisfizo los espíritus románticos que ansiaban la irrupción de lo maravilloso. Tales espíritus se alienaban en dos grupos reconocibles (sin olvidarnos de todos los subgrupos y derivaciones): primero, el ufológico, adscrito mayoritariamente a la hipótesis extraterrestre y capitaneado por Delgado y Andrews. Segundo, el “místico”, compuesto por personas ligadas a la “Nueva Era”, donde el jefe de escuela era Dennos Wheatley, quien llegó a ser editor de dos revistas (!) dedicadas al tema: “The Circular” y “The Cerealogist”. Allí se defendía la tesis de que, al menos en un porcentaje elevado, los círculos eran creaciones de “entidades dévicas”, en clara continuidad con ciertas expresiones del ocultismo moderno. Pues bien, tanto la dupla de ufólogos como Wheatley respondieron con dureza al aguafiestas de Meaden. Una vez más, la polémica contribuía a darle sabor al misterio… ¿Se resolvería pronto? ¿O permanecería como una leyenda interminable, al estilo del monstruo del lago Ness? En todo caso, los medios inclinaron rápidamente la balanza a favor de la solución paranormal, quedando Meaden algo solitario con su grupo de búsqueda (TORRO/CERES). En el momento más inoportuno, cuando las noticias arreciaban y las especulaciones tomaban virajes insólitos e inesperados, cuando se organizaban cada vez más vigilias turísticas y de investigación a los campos ingleses, llegó el baldazo de agua fría. Dos sexagenarios, Doug Bower y David Chorley, confesaron públicamente ser los autores de la mayoría de los crop circles. Obviamente, ellos no podían haber hecho todas las figuras, pero sin duda tuvieron imitadores, salvo que se arguya que los espíritus de la naturaleza imitaban y copiaban sus diseños (¿no era Oscar Wilde, creo, el que decía que “la naturaleza imita al arte”?). Lo concreto es que Bower y Chorley sí habían realizado una labor agotadora, pues fueron infatigables en el desarrollo y mantención de la broma. Ahora bien, el punto no radicaba en la autoría de todos los círculos sino en la factibilidad de hacerlos; y Bowler y Chorley demostraron que era perfectamente posible, sin grandes medios técnicos, poner de cabeza a ufólogos desprevenidos, místicos optimistas y hasta a científicos presurosos: bastaban una mezcla afortunada de coordinación y, sobre todo, buen humor. Por cierto, las tentativas de los investigadores por reproducir crop circles han sido bastante exitosas. El grupo francés VECA ha realizado espectaculares “imágenes fractales” en plazos no superiores a una hora y sin necesidad de ser dirigidos o monitoreados desde el aire. EL LENGUAJE DE LOS DIOSES La “conexión ufológica”, ya se dijo, comenzó rápido. Se quiso establecer un paralelo con las historias de aterrizajes de OVNIS y los llamados “anillos de hadas”, en especial con los incidentes australianos de 1966 en adelante, en los campos de cereales de Queensland. De hecho, en Australia se hablaba de los saucers nest o “nidos de OVNIS”. Y esta asociación de los círculos ingleses con la fenomenología OVNI no se debió sólo a la intervención temprana de Pat Delgado, ufólogo vinculado a ”Flying Saucer Review”. Creo que ello refleja, más bien, el rol legitimador y “explicativo” que juega el mito de los extraterrestres en nuestra cultura… Me explico. La única conjetura rival de la ET, en el caso que nos ocupa, era la que atribuía los crop circles a “espíritus de la naturaleza”. Por cierto, tempranamente se dijo que era Gaia, la “Madre Tierra”, quien deseaba comunicarse con el ser humano a través de las desconcertantes figuras. La debacle ecológica que estamos produciendo sobre el planeta habría disparado la epidemia de crop circles. Aunque no esté avalada por los prosaicos hechos, no deja de ser una especulación llena de poesía y dramatismo. A su vez, dentro del mismo género, el alemán Johann Blomeyer propuso la idea del “diluvio de energía”, una suerte de “lluvia de conciencia”, provocada por el descenso del “logos Solar” sobre la Tierra. En las cercanías del epicentro de esta particular lluvia, se encontraría el chakra fundamental de Gaia, lo que activaría la asombrosa actividad “cereaológica”. La médium Janet Trevisan postula que estamos ante una energía sanadora, no sólo para el ser humano sino también para el planeta mismo… Pero “triunfó” la especulación extraterrestre. Mejor dicho, ésta absorbió a las demás. Pues, ¿qué tienen de incompatibles las entidades dévicas con las alienígenas? ¿No nos enseñan los contactados su identidad sutil pero innegable? Todos los mitos, visiones e imaginarios tienen cabida en el amplio espectro de creencias modelado por el mito extraterrestre. No es que sólo se alimente de otras creencias; más bien, diríase que tiene un poderoso efecto gravitatorio sobre las demás. Es lo que Sixto Paz, por ejemplo, sabe perfectamente. Para el francés Pilles Durand los crop circles debieran ser reconocidos como una nueva y heterodoxa forma de arte. De origen puramente humano, nadie puede disputarles su resonante éxito. Triunfaron. Según Durand, el auténtico misterio está en las motivaciones de los anónimos artistas, capaces de trabajar gratuitamente y por tantos años. Y es que se debe tener un corazón endurecido, algo cínico, como para no disfrutar de los paisajes que nos han dejado los testimonios circulares. De que Gaia nos habla… nos habla. Pero ésa es otra historia. - - - Publicado originalmente en La Nave de los Locos Nº 14/15, de marzo de 2002. |