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Viaje a Urantia (el
Manifiesto)
Desde
que el Mundo es mundo, el hombre ha ido creando sucesivos dioses, es
decir, personificaciones de su más alta aspiración trascendente
y, junto a ellos, ha creado rituales (y hoy día investigaciones),
es decir, instrumentos para alcanzar esa trascendencia; muchos dioses y
muchos rituales han desaparecido junto con sus símbolos visibles
e invisibles otros, en cambio, han permanecido a través de las edades
-quizá porque su utilidad práctico-espiritual, se reveló
más eficaz disfrazándose incensantemente mediante la técnica
camaleónica que les brindaba el sincretismo. Porque, a fin de cuentas,
el sincretismo ha preservado los símbolos básicos de la Humanidad
y sus creencias más primigenias y que afloran desde la noche de
los tiempos olvidados.
Aquello
que toda cultura tiene de más positivo y trascendente no muere al
extinguirse la civilización que lo sustentaba. Dicha esencia, envuelta
en la cápsula del Mito, retorna a la Madre-Tierra en forma de semilla,
dispuesta siempre a brotar cuando las condiciones ambientales sean otra
vez propicias para su desarrollo. Así entendido, hay un eterno retorno
del conocimiento que, cíclicamente, se presenta ante nosotros esperando
ser captado en alguna de sus múltiples facetas aunque, en cada ocasión,
se manifieste bajo un traje distinto y con un rostro diferente que, en
última instancia, no es sino la obligada concesión a los
esquemas mentales y culturales del momento.
 "Lo
que nos obstinamos en llamar realidad no es más que una diminuta
parcela del caso que hemos vallado y colonizado para no sucumbir al vértigo
de un Universo cuya magnitud y complejidad nos desborda."
Fernando Calderón
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