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Adiós a Rafael Farriols
Alejandro Agostinelli
Por medio de Xavier Penelas, esposo de su colaboradora y amiga Hiltrud Nordlin, me acabo de enterar de una triste noticia, el fallecimiento de Rafael Farriols Calvo, en la madrugada del miércoles 27 de diciembre de 2006.

Rafael Farriols, en una imagen reciente (foto: Julio Arcas, 2005).
Rafael Farriols nació en Barcelona en 1928. Licenciado en Química, hizo carrera como empresario del plástico, especializándose en la fabricación de polímeros acrílicos. Su talento como industrial fue menos conocido que su dedicación al tema Ummo (http://www.anomalia.org/ummo.pdf), uno de los grandes mitos ufológicos iberoamericanos del siglo XX.
La historia de Ummo, que tanto se entrevera con la de Rafael, se podría resumir así: es la historia de unas cartas que dan cuenta del desembarco en la Tierra de un improbable grupo de expedicionarios extraterrestres que –durante 30 años– se preocuparon por enviar cientos de informes técnicos sobre su ignoto planeta de procedencia, Ummo, dedicándose luego a armar toda clase de teje-manejes conspirativos con sus seguidores. Hay que decir que estos alienígenas dejaron en claro desde el principio de qué iba el juego: “No nos crean”, exhortaban. Mientras unos hicieron caso, otros ignoraron la advertencia, constituyéndose así los “grupos de estudio” de Ummo y un nuevo subgénero dentro de la investigación del fenómeno ovni: la ummología.
Rafael Farriols también fue el primero en impulsar congresos sobre la curiosa especialidad. Organizó uno en Madrid, en 1971, en el Motel Osuna, y otro en Barcelona, en el Hotel Ritz, en 1973. En ambos se le dedicaron al asunto tres jornadas de charlas corridas de ocho horas diarias. Tales encuentros fueron, al decir de Farriols, “alentados por los ummitas”, quienes le indicaron leer ciertos textos así podían “estudiar las reacciones del público”.
Pero no fue todo Ummo en la vida de Rafael. Él fue, en verdad, un “todo terreno”.
Al frente por años de la cuarta empresa europea líder del sector acrílicos (CRITESA.S.A. exportó metacrilato a todo el mundo), no se resignó a ser un industrial exitoso. Enamorado de los animales, creó un criadero de caballos españoles, aves rapaces y exóticas, reptiles y peces. Entusiasta de la óptica y la tecnología, su afición por la fotografía sólo se podía comparar con su resistencia a ser fotografiado
Rafael también se caracterizó por su afición a mantener distendidas charlas filosóficas con sus amigos sobre la más inimaginable variedad de temas y por su voluntad a sobreponerse a su agnosticismo buscando a Dios más allá de la mística, tratando de avizorar alguna razón por la cual esté justificado creer. Su último libro reflejó sus preocupaciones por la trascendencia del alma: Reflexiones Críticas en torno a El Hombre, El Cosmos y Dios (Ed. La punta del iceberg, 1999). Esa no había sido su primera incursión literaria. En 1973, publicó con Antonio Ribera la primera edición de Un caso perfecto, dedicado a sendos casos ovni madrileños que dieron un pretendido asidero documental a la saga: el “aterrizaje” de Aluche y las fotografías del platívolo de San José de Valderas. Aquel libro, basado en unas historias, como se demostraría luego, mucho más que imperfectas, también contó con la activa –aunque sigilosa– colaboración de uno de sus “testigos estrella”, José Luis Jordán Peña, el mismo que en 1993 acabaría confesándose autor de las cartas que dieron forma al mito.

Imagen de los archivos sobre Ummo de Rafael Farriols (foto: Julio Arcas, 2005).
La participación de Farriols en la trama ummita fue tan intensa que enseguida se convirtió en destinatario privilegiado de los anónimos corresponsales allende el Sistema Solar. Y su vida, acompañado por sus amigos y una familia que también le siguió el tranco, acabó totalmente envuelta por el asunto.
Nadie más que él reunió tanta documentación sobre Ummo en Europa. Por esa razón, su residencia en Argentona devino en centro de peregrinación de los ummólogos franceses. Francia, gracias a los libros del físico del CNRS Jean-Pierre Petit, es uno de los países donde el affaire Ummo ganó mayor popularidad.
Rafael atribuyó sus aventajados archivos a su disposición de no traicionar nunca a los seres de Ummo. Para otros, su exquisito espíritu bonachón lo convirtió en presa fácil de la manipulación. No en vano, Jordán Peña dirigió a Rafael los primeros textos donde se disculpaba y explicaba la naturaleza del “experimento Ummo”. También –todo hay que decirlo– Rafael fue el único ummólogo en revelar que sus contactos con los seres de la estrella Wolf 424 trascendieron al género epistolar.
Farriols, por cierto, siempre alegó que tenía “razones muy personales” para creer en los ummitas. Algunos, en tren de especular, arriesgaron que mantuvo “comunicaciones telepáticas” con ellos. Rafael lo negó: “Entre ellos y nosotros no hay comunicación telepática posible”. Pero en una de sus cartas le preguntaron si se animaba a expresar sus pensamientos en voz alta, que le contestarían. Aceptó el desafío. “Un día, cuando no hubo nadie en casa, les formulé cuatro preguntas. Al estar solo, estaba más tranquilo. Porque aunque mi mujer y mis hijos estaban de acuerdo, me daba un poco de vergüenza. ‘¿Con quién hablas? ¡Con los ummitas!’. Imagínate”. Esas preguntas –nos confió– le fueron contestadas. Por eso esa pregunta lo acompañó por años. “Si todo aquello fue un montaje, ¿cómo me pudieron responder?” Nadie, salvo los ummitas desde unos radiotransmisores del tamaño de una lenteja instalados en algún lugar de su estudio, era capaz de escuchar sus preguntas.

El autor junto con Rafael Farriols (2005).
Farriols fue un tipo adorable. Será recordado por muchos motivos. Aún así, difícilmente zafe de la mezquina manía de recordar a la gente por sus excesos. Si llegara ser así, entre su exagerada credulidad y su amor por el conocimiento, me quedo con la segunda de sus cualidades que es la virtuosa. Y con otra: Rafael era genéticamente incapaz de engañar a alguien. Menos que a nadie a los ummitas. “Una de las cosas que hice fue seguirles el juego... No me parecía sensato hacer trampa. ‘Haga usted esto, si no le importa...’, me decían. Nunca te obligan, siempre te piden por favor o te lo suplican. Me he acostumbrado a hacerles caso. Es como si fueras a jugar al bridge con un amigo con la intención premeditada de hacer trampa. Porque, si vas a hacer trampa, más vale que no sentarte a jugar a las cartas, ¿no? Yo con los ummitas no quiero hacer trampas”, nos dijo allá por 1995, cuando fuimos a visitarle con Nacho Cabria.
Siguió tan al pie de la letra la súplica de los seres de Ummo cuando pedían “no ser creídos” que si alguna vez se mostró un poco escéptico fue por fidelidad. “¡Si lo que ellos desean es no ser creídos! ¡Por eso no acabamos de creerles! Nadie, ni yo”, comentaba. “Nunca me han dado la prueba definitiva. Me han dado tantas pruebas –pruebas intelectuales, digamos– que mi nivel de creencia es muy alto, pero la prueba final no la tengo”.
Diez años después, en octubre de 2005, lo volví a visitar, esta vez con Luis R. González. Hacía años que se negaba a enfrentar una cámara de video. Esta vez aceptó. Nos mostró sus trofeos ummitas: documentos originales con dibujos ummitas hechos a mano, inventos inspirados en la tecnología de los extraterrestres y desvanes secretos donde apilaba sus carpetas colmadas de misterios. La charla fue extensa, amena y salpicada. Rafael parecía cansado. Pero un entusiasmo febril lo ganaba de a ratos, acaso consciente de que debía aprovechar una oportunidad que no se iba a volver a presentar.
Ahora está en nuestras manos la responsabilidad de dar algún día a conocer aquel precioso testimonio fílmico.
Buenos Aires, 27 de diciembre de 2006
© Fundación Anomalía