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El joven que debería ir más de discotecas
Vicente-Juan Ballester Olmos
El libro Últimas investigaciones OVNI, de Gabriel Gomis Martín (ECU, Alicante, 2003) nos depara muchas sorpresas, sobre todo la ausencia de verdadera investigación y un exceso de credulidad. Mucho habría que decir al respecto, pero el propósito de esta nota no es revisar el contenido del libro, ni hacer una reseña del mismo, sino acercar al lector a la verdad, lo que pasa indefectiblemente por señalar la falsedad de alguna de las historias que allí se cuentan.
En las páginas 122 a 124 se refiere un avistamiento, apoyado por unas fotografías que, a juicio del autor de la obra, revela “las pintorescas evoluciones que son capaces de llevar estos artefactos”. Un joven de 15 años, que dice ser aficionado a la astronomía y habitante de Torrevieja (Alicante), escribe que en lugar de ir de discotecas, como sus amigos, prefiere “mirar los astros que pueblan el cielo”. Una noche de agosto de 1998 (como tantos otros incidentes incluidos en la obra, se echan a faltar datos exactos como la fecha concreta, faltas muy oportunas que, según en qué ocasiones, sirven para poner trabas al correcto análisis de los hechos). Dice que trataba de fotografiar la lluvia anual de las Perseidas, así que hablaríamos del 12 de agosto, fecha del máximo de este fenómeno meteórico.
Dice que subió a la azotea de su finca con un telescopio reflector de 150 mm, al que había acoplado una cámara reflex con objetivo de 50 mm, película de 200 ASA y el adecuado disparador por cable. Dejando el diafragma abierto con varios tiempos de exposición pensaba capturar el rastro de uno de los meteoros.
El joven indica que sobre la una de la madrugada vio un “punto rojo luminoso” que desechó que fuera un avión en base a su propia experiencia de mirar el cielo y al hecho de que se mantuvo estático durante dos minutos por encima del tejado de un edificio cercano. “Justo en ese momento –dice el testigo-, se movió describiendo un semicírculo, hacia mi derecha, se quedó de nuevo quieto, y empezó repetidamente a modificar de manera endiablada su vuelo. Trazaba como unos giros, y otros movimientos arriba y abajo, izquierda a derecha, todo muy raro, como si realizara las maniobras de manera caprichosa. Rápidamente, decidí hacer uso de mi cámara”.
Según el relato del quinceañero alicantino, el objeto tenía un brillo intenso “como el de la Luna llena o más” y, tras hacerle tres fotografías con exposiciones de cinco o seis segundos. Seguidamente intentó enfocar la luz con el pequeño telescopio, cosa que le resultó imposible por los giros que ejecutaba. “Realizando una de esas cabriolas, desapareció”, añade. Las fotografías muestran uno trazo luminoso sinuoso, de mayor intensidad en su inicio y final que en medio, cuyo principio y final es circular. La anchura del rastro coincide con el diámetro de dichos círculos.
Ahorraré al lector los comentarios de Gabriel Gomis, quien califica de “francamente interesantes” esos documentos gráficos, deduciendo de la diferente intensidad del rastro dejado por la luz que “dicho OVNI realizó la acrobacia aérea a diferentes velocidades” (sic).
La ilustración siguiente es una composición de las tres fotografías (una de ellas reproducidas tres veces para poder compararla), alineadas y aproximadamente a la misma escala, tomando como referencia el tamaño y la posición de una antena de televisión. Esta comparación ha sido realizada por el ingeniero de telecomunicaciones Manuel Borraz Aymerich, a partir de las fotografías publicadas en el libro.

Otro conocido analista de observaciones ovni, Juan Carlos Victorio Uranga, opina que el efecto que se aprecia en las fotografías se puede conseguir fotografiando una luz lejana y moviendo la cámara o moviendo una luz delante del objetivo. Victorio adelanta que el objeto circular situado al principio y al final de los rastros tiene un tamaño aparente semejante al lunar. Y puntualiza que a la una horas del 12 de agosto de 1998 la Luna era efectivamente visible en el firmamento, en dirección ESE.
Realmente, esa traza resulta muy familiar a cualquier mediano aficionado a la fotografía. Yo mismo he conseguido el mismo trazo luminoso fotografiando la Luna con exposición y moviendo la cámara. Esta fotografía es una de las que obtuve en agosto de 1997 en mi chalet de verano de La Eliana (Valencia), haciendo las pruebas mencionadas para mi colección de “efectos especiales”.

La siguiente ilustración es una composición de dos tomas, también hechas por mí, que muestra la Luna, en la parte izquierda, y nuevos trazos debidos al rápido movimiento de la cámara, en la derecha. Como es obvio, se trata del mismo efecto que el joven de 15 años de Torrevieja logró colar, como si de un verdadero ovni se tratara, al autor del libro citado. En mi opinión, este chaval haría mejor en ir más de discotecas.

© Fundación Anomalía