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El premio Anaparéstesis de 2003 se concede al artista cántabro Fernando Calderón

Julio Arcas Gilardi


  Muestra de la obra de Fernando Calderón.

Últimamente se suceden los homenajes, , los recuerdos, los actos conmemorativos. A los dos últimos asistimos, como amigos y organizadores. A medida que pasa el tiempo notamos más la ausencia, el lugar que nadie va a cubrir dejado por uno de los grandes miembros de la familia del ARTE, lo cual influye más si cabe en la reevaluación de su obra, de sus notables gestos personales, del interés por la naturaleza, la vida el conocimiento y los seres que nos rodean.

Fernando Calderón, el artista “davinciano”, al que “madre natura” dotó de una portentosa capacidad de apreciar la belleza, de trasladarla al papel por medio de breves trazos. La que le proporcionó los medios para estar siempre atento, para a pesar de las numerosas dudas que pujaban la razón, seguir hasta el final de sus días interesado por un fenómeno débil, que no obstante movió los últimos años de su capacidad creadora, manifestándose a través del imposible vuelo del ÍCARO solar.

Ese ÍCARO dejó buena muestra de su paso en los numerosos elementos pictóricos que Fernando supo rescatar de su memoria. De los papeles y libros que guardó, de las experiencias particulares, ficticias o reales, de la palabra y del canal privilegiado que poseía con los oráculos de un Delfos ignoto.

Su interés, del que dan buena prueba años de trato personal sembrados de tertulias, programas de radio, conferencias, conversaciones telefónicas, seguimiento continuado de las publicaciones que editábamos, salpicadas por una creciente incredulidad, e incluso una última exposición que me honré en organizar, no cejó prácticamente un minuto.

Por muchos motivos no podemos dejar de recordarle y de algún modo, Fernando está presente cuando su hermano Ramón, también artista, con ese gen especial que afectó a todos los hermanos “Calderón” recuerda en su libro “¡Ni Modo! Relatos de México”:

“Embarcamos en Barajas y más o menos a una hora del inicio del vuelo, una atractiva azafata, se nos acercó y dijo: ‘El comandante Calderón, que dirige este vuelo, se ha enterado de que venían Vds. y les invita a tomar café en la cabina del Jumbo’. Esta feliz coincidencia, nos hizo pensar en que iba a ser una aventura dichosa. “El comandante resultó ser un hombre muy amable. Era navarro y no encontramos ningún parentesco en común a pesar de tener el mismo apellido. Estuvimos con el radiotelegrafista y con el copiloto charlando de todo. Fernando, para no variar, sacó a relucir el tema de los OVNIs dichosos y fue el comandante el que prefirió cambiar de tema”...

  Julio Arcas (izquierda) hace entrega del premio a la viuda e hijo de Fernando Calderón.

Su interés le condujo muchas veces a interrogar a quienes pensaba le podían proporcionar datos y qué mejor que un comandante de vuelo para hablar de sus experiencias personales. A pesar de lo que indica su hermano Ramón, supo sacar al piloto navarro algún insólito encuentro entre las nubes.

Siguiendo la senda del recuerdo al amigo, al admirado pintor y permanente lector de cuantos materiales publicábamos, el Patronato de Fundación Anomalía en su pasada reunión anual celebrada en Sevilla, decidió por unanimidad, a propuesta de José Ruesga Montiel, conceder el premio Anaparéstesis, al desaparecido artista Fernando Calderón López de Arroyabe.

La figura de “El Giraldillo”, imponente diosa femenina que corona la Giralda sevillana, le fue entregada a Marly Kuenerz y a su hijo Fernando en un sencillo y emotivo acto organizado por la Fundación en la localidad de Suances (Cantabria), este mismo mes de Agosto.

Con ello dimos cumplida muestra de nuestra admiración hacia el artista y el amigo, a quien deseamos poder recordar de modo permanente, mediante ese proyecto ÍCARO en el cual la Fundación está trabajando.

Confiemos que ÍCARO siga volando hacia el Sol.



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