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Crítica de libros

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  Kevin D. Randle, Russ Estes y William P. Cone (1999):
The Abduction Enigma
Forge Book, Nueva York.
416 páginas. Sección fotográfica, índice de materias y bibliografía.
ISBN: 0-312-86708-5.
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Comentario: Luis R. González Manso

Si Vds. sólo adquieren en el extranjero un libro sobre OVNIs al año, éste es su título para el 2000. Randles, Estes y Cone han escrito el libro definitivo sobre el fenómeno de las abducciones.

En su introducción se presentan como convencidos creyentes en la visita (más o menos esporádica) de seres extraterrestres a nuestro planeta. William Cone es un psicólogo experto en el tratamiento a las supuestas víctimas de Abusos Satánicos Rituales o afectadas de personalidades múltiples. Pero algunos lo considerarían también un abducido en fase de negación, a juzgar por sus recuerdos infantiles. Estes es un productor mediático independiente que también ha tenido sus encuentros con lo paranormal. Por su parte, Kevin Randle comenzó hace muchos años como investigador de campo del grupo americano APRO, llegando a intervenir en la primera abducción donde se denunció la entrada de alienígenas en una casa (el caso Pat Price/Roach in 1973) aunque durante los años 80 pasó por una etapa escéptica que le hizo cuestionarse la realidad de las visitas de extraterrestres. Todo cambiaría con el caso Roswell, del que ha sido uno de los más meticulosos investigadores y al que sigue considerando como una verdadera nava alienígena estrellada.

Precisamente por que se trata de personas nada sospechosas de desmitificadores, sus conclusiones deberían ser aún más demoledoras. Pero, vayamos por partes.

La primera parte del libro se dedica a ofrecer una panorama histórica del fenómeno, mencionando algunos sugerentes caso durante la oleada de la "nave aérea" de 1897 en los Estados Unidos y pasando por fraudes ya conocidos (aunque muy divulgados) como el batallón inglés desaparecido supuestamente en Gallipoli durante la 1ª Guerra Mundial o el más reciente caso del argentino Dionisio Llanca. También estudian la influencia que han tenido algunos investigadores (desde Coral Lorenzen hasta Budd Hopkins) en la divulgación y aceptación de este mito moderno, tan profundamente anclado en nuestra cultura actual que una mayoría de la población considera las "abducciones alienígenas" como un hecho científico sin discusión.

Muy revelador resulta uno de los ejemplos presentados como prueba de su investigación personal del fenómeno, remachando una vez más que no se trata de "debunkers de sillón". Es el caso de Joel, un varón homosexual rutinariamente violado por una alienígena, pero que, a pesar de sentirse deprimido durante varios días después de cada encuentro, no quiere que se terminen...

También se analizan los paralelismos entre el fenómeno de los abducidos y el de los contactados, cada vez más evidentes conforme las abducciones pasan de ser incidentes aislados y casuales a convertirse en sucesos constantes, casi rutinarios en la vida de sus víctimas. Sin embargo, por lo general, esos auto-denominados expertos en abducciones rechazan de plano a los contactados, situándose en la curiosa postura de afirmar "mi increíble historia es más creíble que la vuestra". Los autores ofrecen un posible motivo para tal preferencia:

La verdadera razón para aceptar al abducido frente al contactado puede ser más simple. El contactado no necesita ningún intermediario (...) Con el abducido, el foco de atención se traslada al investigador.

Un aspecto muy controvertido, y que ha causado bastante revuelo en Internet es el componente sexual de las abducciones, que ha sido puritanamente despreciado por los investigadores. Sin embargo, cuando los propios abducidos divulgan sus historias, se hace evidente la profunda carga sexual de estos encuentros, que va mucho más allá de meros experimentos reproductivos o de hibridación. Pero también es cierto que los autores parecen dar excesiva importancia a este elemento, pues uno de los pocos estudios estadísticos sobre abducciones que han salido a la luz (el Proyecto de Transcripción de Abducciones desarrollado por el MUFON) ofrece sólo un porcentaje del 45% de abducidos que hayan sido sometidos a "prácticas sexuales".

Para este libro, los autores realizaron un centenar de entrevistas a personas abducidas, llegando a la sorprendente conclusión de que (p. 292) "casi el 60 por ciento de aquellos que aseguran haber sido abducidos son homosexuales". Aún peor (p. 100) "sólo un bajo porcentaje de abducidos llevan lo que podría calificarse como una vida sexual normal". La muestra quizá sea insuficiente para extrapolar tales hallazgos a la población en general, pero claramente apunta por dónde deben ir futuras investigaciones.

La segunda parte de este libro trata de analizar algunos elementos externos que pueden influir en el fenómeno de las abducciones. Desde elementos de la historia popular (comenzando por las visitas de los íncubos y súcubos medievales) o el folklore, hasta precedentes culturales como la ciencia ficción de los años 30, sin olvidar aspectos psicológicos como las parálisis nocturnas y los sueños. En estos capítulos, los autores analizan y desmontan los diferentes argumentos utilizados por los creyentes para rechazar la influencia de tales elementos en un fenómeno considerado de innegable origen extraterrestre.

La mejor sección del libro es, sin lugar a dudas, la tercera cuando los autores realizan un análisis (en ocasiones hasta hilarante) de varios de los más famosos "abduccionólogos" y de sus delirantes métodos de investigación. Desde Robert Boylan, que prefiere encontrarse con sus pacientes femeninas en el "jacuzzi", hasta el historiador David Jacobs quién consigue ver la paja en el ojo ajeno (criticando duramente los fallos en las regresiones hipnóticas de los demás) sin notar la viga en el suyo (tras repetitivas -hasta 30- y extenuantes sesiones de varias horas para analizar segundo a segundo cada incidente, hasta el espía mejor entrenado "confesaría"), pasando por personajes tan inquietantes como Marshall Applewhite (el cabecilla de la suicida secta "Puerta Celestial") o Derrel Sims, el "cazador de alienígenas".

Si alguien todavía piensa que aunque los investigadores de abducciones no hacen ningún bien, tampoco resultan perjudiciales, debería bastarle con leer como John Carpenter transformó a Leah Haley, una persona inteligente y muy integrada en la sociedad, con un buen trabajo, estudiando para un doctorado y rodeada de una familia feliz, en una abducida paranoica que perdió su trabajo, la mayoría de sus amigos, su marido y una buena parte de su salud mental.

La cuarta parte se dedica al análisis de los llamados Abusos Satánicos Rituales, verdadera epidemia psicológica que inundó los Estados Unidos en los años 80, acarreando decenas de condenas para supuestos violadores pertenecientes a sectas satánicas, pero que a finales de los 90 han empezado a ser dejados en libertad, al comprobarse la ausencia de pruebas. Sus paralelismos con las abducciones pasan por dos novedosas aberraciones psicológicas que los creyentes han defendido incansablemente, pese a no contar con la menor prueba científica sobre ellas: (1) la existencia de "recuerdos pantalla" que ocultan o desvirtúan un trauma; (2) la veracidad de los recuerdos recuperados bajo hipnosis, y que supuestamente habrían sido reprimidos inconscientemente por las víctimas, que no recordaban nada de forma consciente.

De especial interés resulta el hallazgo de los autores quienes han podido comprobar como los llamados "grupos de apoyo a abducidos" se han pervertido completamente, abandonado su primigenia función transitoria de apoyo para resolver problemas psicológicos, hasta convertirse en referentes permanentes, sin ofrecer el menor atisbo de esperanza pero sí un núcleo donde las supuestas víctimas se sienten comprendidas y aceptadas, cayendo en un maléfico círculo vicioso del que resulta casi imposible escapar.

El análisis de las supuestas evidencias materiales que se han ido aportando a lo largo de los años compone la sección quinta y resulta también demoledor, aunque sin aportar grandes novedades sobre las críticas ya expuestas por los escépticos.

El libro concluye exponiendo algunas de las paradojas lógicas que conlleva defender la visitas de secuestradores alienígenas y resumiendo la tesis que los autores han ido exponiendo a lo largo de toda la obra: que la mayoría de las abducciones son meros sueños (o incidentes de parálisis nocturna) convertidos en recuerdos conscientes cuya sorprendente similitud entre personas de todos los rincones del mundo es debida a lo que eufemísticamente denominan "la seducción del terapeuta".

Si tuviéramos que señalar algún defecto (norma ineludible en cualquier crítica) sería la ausencia por parte de los autores de cualquier referencia a autores escépticos como Klass, Baker, etc, quienes en muchas ocasiones han realizado esas mismas críticas, aunque haya sido de forma más puntual. Tampoco son mejor tratados los ufólogos más racionalistas como Peter Rogerson o Martin Kottmeyer, que han profundizado mucho más en los aspectos culturales y sociológicos de las abducciones.

Me atrevería a recomendar este libro incluso a los creyentes, con la esperanza de que sus meditados argumentos siembren al menos la semilla de la duda en su interior, a fin de evitar que acaben destrozando su vida o la de sus hijos por creer en la realidad de lo que afirman unos supuestos "expertos".





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