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Los canales de Marte

Josep Comas i Solà, prestigioso astrónomo catalán, llevó a cabo una importante actividad investigadora y una intensa labor divulgativa, publicando más de 1.200 artículos en la prensa de Barcelona, sobre todo en "La Vanguardia", de cuya edición de 6/08/2001 está tomado el siguiente escrito, originalmente aparecido el 16/08/1903. Desde sus páginas, Comas i Solà difundió algunas de las conclusiones de sus estudios sobre Júpiter, Saturno y Marte, así como otros importantes trabajos sobre sismología. En este artículo, en un estilo ameno, el astrónomo refuta las hipótesis de la época sobre la topografía del planeta vecino, Marte, en pro del progreso de la ciencia y del conocimiento. Lo traemos ahora a colación a propósito de la oposición marciana del verano de 2001, que hizo destacar en el cielo la inquietante presencia del planeta rojo.





Nuestro vecino mundo, el planeta Marte, centellea ya entre los fulgores del crepúsculo occidental y se despide de nosotros por dos años más. Los astrónomos han cerrado sus registros de observaciones y estamos, por tanto, en el caso de echar aquí una ojeada a los principales resultados obtenidos durante la última oposición. Por una parte, esos resultados comprueban la fijeza general de los detalles topográficos conocidos de dicho mundo, y rectifican las líneas de algunos, pero, por otra, evidencian la existencia de extensas modificaciones cuyo origen, conforme indiqué en un artículo publicado en estas mismas columnas hace cuatro o cinco meses, podría atribuirse a las modificaciones periódicas de la vegetación, como ocurre en la Tierra. Estas variaciones, probablemente de origen orgánico, así como las que se refieren a los casquetes helados o polares, estrechan más y más las semejanzas que existen entre Marte y la Tierra y hacen de ellos los dos planetas hermanos más afines del sistema solar.

Una característica, que bien puede calificarse de sensacional, diferenciaba en extremo la morfología de la Tierra respecto de la de Marte. Me refiero a sus legendarios canales y a las misteriosas germinaciones de los mismos, atribuidos ambos fenómenos por algunos astrónomos, que se dejaron dominar por la fantasía, a trabajos de canalización debidos a los habitantes de Marte.

Que existan seres vivos en Marte es altamente verosímil, por no decir seguro, dadas las condiciones biológicas de dicho planeta, y sobre todo los poderosos recursos con que cuenta la naturaleza para producir la vida. Pero desde aceptar la existencia de seres marciales hasta suponer que tales seres ignotos abrieron en la superficie del planeta una red de canales complicada, algunos de los cuales miden centenares de kilómetros de anchura, no diré que media un abismo, sino mucho más: media una falta de buen sentido. ¿Cómo suponer, en efecto, que una humanidad mucho más avanzada que la nuestra se sirva de canales navegables como medio de locomoción, y haya abierto zanjas de anchura y longitud enormes para el riego u otros usos? Sería hacer muy poco honor a la avanzadísima humanidad marcial el atribuirle tanta pobreza de ingenio para obtener la locomoción, el riego u otras aplicaciones prácticas.

Pero se me podría objetar que lo cierto es que estos canales existen, y que la regularidad de su trazado nos demuestra que no son obra de la naturaleza, sino de seres inteligentes que cuentan con poderosos medios de construcción o de trabajo.

Ahí está precisamente el meollo de este asunto tan debatido, y con el que se han llenado tantas columnas de revistas profesionales y de periódicos de toda clase. En pocas palabras, los canales de Marte, por lo menos en el sentido en que se habían aceptado hasta aquí, no existen, son visiones falsas, subjetivas, creadas por la imaginación de los observadores o por ilusiones ópticas.

Los canales de Marte tal como los imaginó
Schiaparelli
Cuando el ilustre Schiaparelli, creador de estas ficciones, dio a conocer al mundo sus pretendidos descubrimientos, algunos astrónomos ingleses, entre ellos el malogrado Green, opusieron sus dudas, y otros, sin ambajes, negaron en redondo la objetividad de las imágenes que publicó Schiaparelli. Pero los canales triunfaron, mejor dicho, los "canalistas" (y pásese la expresión), y después de los trabajos de Schiaparelli referentes a Marte, buenísimos en medio de todo, no hubo casi observador, sobre todo aficionado, que con telescopios grandes y pequeños no declarara haber visto los mismos canales de Schiaparelli y muchos más. El entusiasmo canalista alcanzó su máximo hacia el año 1890, y siguió su ruta lamentable hasta que la verdad, imponiéndose como siempre, ha echado abajo la novela de los canales y de sus germinaciones.

Me cupo el honor, en 1901, de dar un primer soplo a aquel castillo de naipes, por medio de un trabajo que publiqué en el "Bulletin de la Société Astronomique de France", trabajo que, cuando menos, tuvo el mérito de la franqueza, demostrando sin atenuaciones que la inmensa mayoría de los dibujos y observaciones de Marte que se habían publicado en aquellos últimos años eran falsos de toda necesidad, especialmente por lo que se refería a los pretendidos canales, y esto lo demostré por consideraciones geométricas irrebatibles.

Después de la oposición de 1903, dos astrónomos ingleses, Evans y Maunder, han dado el golpe de gracia con su artículo publicado en las "Monthly Notices of the Royal Astronomical Society".

Este trabajo es de carácter experimental, y se apoya en las apariencias manifestadas por buen número de escolares de pocos años, completamente ignorantes todos ellos de la topografía de Marte y de sus canales. Se hicieron diversos experimentos, consistentes en colocar a muchos metros de los dibujantes diversos croquis de Marte en los que los canales habían sido substituidos por líneas sinuosas, irregulares, o manchas aisladas. A pesar de esta alteración profunda de la forma o constitución de los llamados canales, los jóvenes observadores dibujaron, en su mayoría, líneas regulares, rectilíneas y uniformes, es decir, trazaron dibujos muy parecidos a los de los astrónomos, que en sus descripciones y figuras nos han presentado a Marte envuelto por una complicada y espesa red de canalizaciones.

Estos experimentos nos demuestran lo que ya expuse en el citado artículo que publiqué en el "Bulletin" de 1901, es decir, que las configuraciones topográficas, cualquiera que sea su forma, tienden, en apariencia, a regularizarse, a tomar un aspecto geométrico, aumentando la distancia de la visión o, mejor dicho, aumentando la imperfección de la visualidad.

Inútil es, pues, que perdamos el tiempo en torturar nuestra imaginación, buscando hipótesis que nos den cuenta más o menos satisfactoria de los canales de Marte. Éstos, por lo menos en el sentido con que se habían aceptado hasta ahora, no existen. Existirán detalles que en sus líneas generales ofrecerán cierto aspecto geométrico, pero esto ya lo observamos en nuestro propio planeta, y obedece sólo a leyes naturales, ya sean geológicas, mecánicas, cristalográficas, etcétera, sin intervenir en ello para nada los trabajos humanos. Se dirá, quizá, que los resultados obtenidos de la última oposición de Marte son negativos, pues echan por tierra hipótesis, y más que hipótesis, pretendidas teorías que casi se aceptaban universalmente. No se crea así; la ciencia, como toda labor humana, está sujeta a este flujo y reflujo del progreso, y es siempre una conquista científica la negación cuando ésta es una verdad comprobada, máxime si la negación nos desbroza el camino y nos facilita, como ocurre con el planeta Marte, el progreso real de nuestros conocimientos.



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